lunes, 9 de febrero de 2009

Ni mártir, ni bandera


Ofrezcamos a Dios nuestro Señor el sufrimiento de Eluana Englaro y de su familia, que Él gusta del dolor, de la mucha sangre y de los cilicios.
Foto "prestada" por Reuters
Qué importa que para ella no haya esperanza, o que lleve diecisiete años en estado vegetativo. -No podemos pretender arrebatarle la vida como si fuéramos Dios-, dirán algunos. En realidad lo que pretenden decir es que no podemos arrebatarles – a ellos- la muerte, porque como dijo Herman Melville: “La fe, como un chacal, se alimenta entre las tumbas.”
Si como dice el eslogan de una más que prudente campaña agnóstica, -es probable que Dios no exista-, comportémonos con la mayor de las misericordias, la humana, y dejemos que la naturaleza siga su curso para que esta mujer abandone este mundo, al que algunos beatos
dispépticos del Valle del Guadalquivir se empecinan en llamar valle de lágrimas o valle de tinieblas. Debe ser porque viven en el valle del cilicio en el que el suplicio es un suceso conmovedor, mórbido y fascinante.
Conviene recordarles además a esos devotos del dolor que esta mujer no es una talla crucificada o ensangrentada a la que venerar, idolatrar o sacar en procesión. No es una mártir ni una bandera de nadie, es sólo un ser humano, por desgracia irrecuperable, que vive enganchado a una máquina, al que al menos hay que devolverle la dignidad dejándole morir.

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