domingo, 1 de febrero de 2009

Un tiempo que se acaba

Los heterosexuales a menudo aceleramos el paso cuando nos aproximamos por la calle a una mujer. No es algo aprendido, más bien es un impulso instintivo para no perturbar la tranquilidad de la dama. También es instinto, más que galanura, el echarse a un lado en un pasillo cuando es ella la que lleva prisa. Pero ocurre que hay edificios que no han visto un estudio antropométrico o de seguridad e higiene ni de canto, por lo que hay pasillos tan angostos y faltos de luces como las mentes que los crearon. En esas circunstancias no conviene acelerar el paso, y menos pararse para cederlo, so pena de parecer un baboso lúbrico. En el último de los casos es mejor alargar la zancada y mantener una prudente distancia con al señora que nos sigue. Siempre nos queda el recurso a la ilusión de pensar que es una mujer la que nos sigue o nos persigue. No es nuevo este recurso; de hecho, lo he visto poner en práctica en estas últimas semanas en algunos escritos de buenos cristianos que se sienten perseguidos cuando corren a ponerse delante de la gente, del común de los mortales, para gritar: “¡Me persiguen porque soy diferente!”
- Qué extraño, me pregunto-. Trato de recordar y recuerdo que si bien el sentido común no es más común de los sentidos, el más común de los anhelos es el de ser diferente. Despierta con la adolescencia y nos acompaña a los largo de la vida, aunque vaya perdiendo fuerza con los años y poco nos importe con la edad ser un calco del vecino, eso sí, con más pelo… ¡No es entonces, paradojas de la vida, más vulgar quien más busca su diferencia? No lo sé. Lo importante es ser uno mismo, se sea o no diferente. Lo que sí que es una paradoja es que el perseguidor implacable nos adelante, grite que le perseguimos, y aduzca su condición de cristiano y heterosexual para probar la acción persecutoria. Van por esos blogs de Dios almas desesperadas, desgarradas, tan en un sinvivir que uno piensa que hemos vuelto a la época del circo y los leones; cuando son estos cristianos, esos que se ponen delante para gritar que los persiguen, para reclamar para sí su derecho a la diferencia, los que claman al Santo Padre, que se niega a sumarse a la iniciativa francesa de pedir a la ONU que se despenalice la homosexualidad. ¿Quién es el perseguido? ¿A caso nos hemos vuelto tontos de repente?
Nos niegan el pan y la sal, y ahora se arrogan el papel de víctimas, sencillamente porque es más hermoso que el de verdugo. Piden espacio para vivir, para ser, cuando son ellos los que tienen que ceder el espacio usurpado a los demás; o cuando menos, no estorbar.
Estorba, sí, y mucho que haya quien les conteste, – nueva prueba de la falta de libertad que han de padecer- y deje constancia de su nombre, porque eso no denota miedo, sino el fin de un tiempo; de un tiempo de silencio que se acaba.

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