domingo, 26 de abril de 2009

Fábula del pez abisal


Cuenta el cuento que una vez,
desde el profundo abisal,
en una jornada fatal
a la orilla llegó un pez.

Perplejo a la luz del día,
absorto entre los colores,
¡genial! para sí decía
despreciando sus temores.

Contempló la arena fina,
el verdor de un gran navazo,
el mar como un regazo,
el reflejo, como ondina.

Fue en busca de una quimera,
agua de una dulce fuente
que fluye como corriente
y llega hasta la ribera.

Mas al punto llegó un guarro,
negra testuz, ojos de hombre,
alma quemada de alumbre
y negras patas de barro.

¿Quién eres? Dijo el gorrino
con el rabo como un fleje,
no contestó nuestro peje
al truhán negro zaino,
que no prosiguió su camino
al pensar atrevimiento
lo que fuera aturdimiento
del simple bruto marino.

Enfadose el mal verraco.
Gruñó cual si fuera trueno,
a la fauna alertó en pleno
como el tiro de un retaco.
Desde el lince hasta el macaco
acudió presta la banda
por saber quién se desmanda;
quién comete el desafuero,
y coger sitio el primero
por no esperar otra tanda.

Acudió el abejaruco,
El gamo, la loba, el ciervo,
la tortuga, la codorniz,
el corzo, el conejo, el cuco,
el ganso, el ratón, el cuervo,
además de un pájaro perdiz.


Rumiando llegó un camello,
una gaviota con salitre,
un carnero con su pello,
un asno, también un buitre
que con toga y alzacuello
asentose en su pupitre.

Un mazazo como aviso
precedió a la vista oral
en la que el marino animal
se halló reo de improviso.
Habló el buitre sin permiso:
“Es ignorar, una gran falta
a una persona tan alta
como es el señor cochino”,
acusó al peje sin tino
que viose en un compromiso.

Algún mal en ti se esconde
necia criatura marina,
la verdad, como agua cristalina,
dila ahora, responde.

Quedose aún más perplejo
nuestro desesperado pececillo
arrugó el entrecejo,
se arredró en el banquillo
cuando el juez le apuntó con el martillo.

Tenga a bien señoría,
dijo un asno que hacía de abogado,
que nadie culparía
a este pobre tarado
que no conoce de su pecado.

Un necio, dijo el jumento,
no puede ser otra cosa
quien en la orilla reposa
para servir de sustento
a cualquier colmillo hambriento.
Ténganse sólo un momento;
“vine a ver el agua sin sal,
no es pecado capital”,
dijo el pez algo violento.

Ante tamaña aberración
el silencio fue absoluto
en toda la animal nación.

“Pues ese ser disoluto
afrontar habrá el suplicio",
aseveró el buitre astuto.

“Que le apliquen el silicio
con que expiar sus pecados”,
sentenció al final del juicio.

De una jaula lo han colgado
por ir contra la natura,
acaba aquí su aventura,
como pez seco y salado.


“Advierta en la historia del pez
que prestarse al juicio ajeno,
es siempre la mayor sandez”

4 comentarios:

  1. Fabulosa fábula, aunque el pez se debería haber quedado en el mar a más de 2.000 metros de profundidad!!!

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  2. ¿Por qué, Lucía? ¿Por qué reprimir los deseos, sentimientos o aspiraciones que no hacen mal a nadie?

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