lunes, 29 de junio de 2009

Si hay voluntad, las cosas se cambian


Recoge Alfonso en su blog una respuesta de Ainhoa Gil a la campaña del PSA contra los sueldos de los asesores del gobierno municipal. Le iba a contestar en su propio blog, pero me ha salido tan larga la respuesta, que he decidido colgarla en el mío.
En esta respuesta, la responsable de Recursos cifra en unos seis millones de euros, mil millones de pesetas, el coste de los 78 sueldos superiores a los 55.000 euros heredados de gobierno anteriores, sobre todo, de los de Pacheco. Contratos según parece, blindados.
¿Blindados? Si es por dinero, lo mejor es indemnizar y rescindirlos, porque a la larga mil millones anuales se convierten en más de veinte mil en los próximos veinte años. Claro que para hacer eso hay que tener por una parte el valor político de hacerlo, y por otra la voluntad de cambiar las cosas.
-“Mientras nos sirvan, para qué los vamos a quitar”- me comentó uno de los responsables del actual gobierno, poco después de ganar las últimas elecciones. La respuesta es muy sencilla, porque para que algo cambie hay que cambiar a las personas, sobre todo a aquellas personas que han alcanzado el cargo sin formación, y sin otro mérito que el de servir bien a su amo. No es de extrañar que haya tantas dificultades para sacar adelante una R.P.T. No es de extrañar que se pague tanto en productividades, que por cierto, provienen de situar a los trabajadores hasta dos categorías por encima de su titulación… en pago de sabe Dios qué. No es extraño que el costo de personal continúe cuando esas productividades no se pierden cuando el responsable de turno es cesado.
En estas llegó el PSOE dispuesto a mantener la estructura, cambiar, para que nada cambie. De hecho no sólo no han cambiado las cosas - ¿cómo puede decir eso!- , no sólo se han mantenido los tonton macoutes que nos han perseguido a muchos, sino que además se ha ascendido a algunos. Hoy hay un caballerete, que se jactaba de jugar al golf con Pepe López, - de hecho lo hacía en horario laboral- con rango de director.
¿Qué le vamos a hacer?
Los que estamos curtidos a palos sabemos lo que hay que hacer. Antes de las últimas municipales un amigo del PSA -mis amigos son mis amigos y militan donde les da la gana- me dijo, Juan Román ha dicho sobre ti: "voy a acabar con este tío". Y aquí sigo, viendo a los tonton macoutes medrar a la sombra del PSOE.

sábado, 27 de junio de 2009

¡El ayuntamiento se hunde!


El ayuntamiento se hunde. Tal y como lo vi penetrar en el socavón llamé a la redacción, pero me dijeron: “a buenas horas tío”. Bueno, sólo era por ayudar. Total, que pensé que una imagen así no se podía dejar pasar, y llamé a mis coleguillas de Onda Jerez, porque esas son imágenes históricas. Pero cuando llamé me salió la voz de una centralita automática que me dijo que si quería hablar con redacción, que marcara el uno, si con administración el dos, etc. Así que marqué el uno. Me volvió a salir la misma voz que me dijo que los sentía, pero que el horario de trabajo era por las mañanas hasta las dos, y por la tarde de cinco a ocho.
-¿Quién le habrá dicho a los de la centralita que ése es el horario de trabajo?- me pregunté. El director gerente, Pedro Rollán, sin duda, que desde febrero de 2005 trabaja más o menos, de nueve de la mañana a dos de la tarde, lo mismo que hacía en Localia.
-¿Y quién les ha dicho el horario de tarde? ¡Nadie! Se lo han inventado los de la centralita, porque diez minutos después de que se marche Pedro Rollán no queda un solo responsable en la emisora, ni lo hay hasta el día siguiente. *
¡Pero yo he visto gente asomarse a las ventanas incluso de madrugada? ¡Horror!, ¡a que he visto el fantasma de la niña que dicen que se aparece en la tele municipal?
Total, que no pude dar la noticia.
El ayuntamiento se hunde, y con él la televisión municipal, pero qué importa, porque el día que se la trague las aguas el capitán no estará, como siempre, y la tripulación se irá diez minutos antes de la catástrofe en sus botes salvavidas. Al final sólo se ahogarán las ratas.

* Sí, sí, ya sé que es fácil criticar y difamar desde el anonimato, y no pido un acto de fe si digo que, salvo lo del socavón, todo lo que he escrito es cierto y está suficientemente contrastado, vamos, contrastadísimo.
Sí pido que me creáis cuando digo que sólo me ha movido a escribir estas líneas la vergüenza que sentí cuando llamé a Onda Jerez y una centralita automática de un medio de comunicación me dijo que nadie me podía atender…

jueves, 25 de junio de 2009

Clausura de talleres en La Granja







No tengo nada que escribir, simplemente me divirtió acudir a la clausura de los talleres del centro social de La Granja. Lleno hasta la bandera, con gente entrando y saliendo, compartiendo, y ofreciendo su buen hacer amateur a los demás. Es curioso, no ha habido una reseña en la prensa, no hubo un político… Para algo que se hace bien, que entusiasmó a jóvenes y a viejos. Nos divertimos. Quizá, mejor así.

lunes, 22 de junio de 2009

Agudeza visual

Averiguar en menos de diez segundos: quién es mi hija, quien es su amiga y quien es
Fernando Santiago.

Pista: Mi niña lleva una gorra.

sábado, 20 de junio de 2009

Una aparición mariana (IV)


Tres sombras oscuras vestidas de negro deambulaban por el callejón del Agua cuando todavía no era clara la luz de la mañana. Las tres figuras enlutadas recorrían palmo a palmo el muro, deteniéndose a cada poco. Finalmente volvieron atrás, junto al portalón de la casa de Periquín. Una de ellas hizo sonar el timbre. La madre de Periquín entreabrió la puerta en camisón, con el pelo desmelenado sobre la cara.
- ¿Qué queréis?- preguntó.
- Tú eres la niña de “la Juani”- afirmó una gitana enjoyada, de moño alto y gris, y ojos penetrantes, que aún conservaba algo de la belleza que debió poseer en su juventud.
- ¿Dónde está el niño?
- ¿El niño? El niño está durmiendo- dijo la madre.
Sin esperar a ser invitada, la gitana entró en la cocina… sin brusquedad, pero con la determinación de quien entra en su casa y aguarda a ser servido.
-¿Qué pasa con el niño? - preguntó la madre mientras la gitana se situaba en mitad de la habitación, observando la puerta de acceso al resto de la casa.
- Sólo queremos que nos enseñe dónde ha visto a la Virgen.
- ¿Qué?
La gitana atravesó con la mirada a la madre, que no volvió a preguntar y que ni siquiera se planteó echar a la calle a aquella mujer antes de ir a despertar al chiquillo. Al cabo de un instante apareció el niño Periquín medio dormido, con la cabeza y las manos vendadas, acompañado de su madre. La gitana le sonrió.
- Hola niño guapo- le dijo, y posó la mano sobre el hombro de la criatura, tomando posesión de ella. – Tú nos vas a enseñas dónde viste a la Virgen- afirmó la gitana resolutiva. El niño asintió sin pronunciar palabra y ambos salieron de la casa y se unieron a las otras dos ancianas que esperaban fuera.
Anduvieron calle abajo un buen trecho ante la mirada atenta de la madre que observaba al grupo con los brazos cruzados sobre el pecho, en mitad del callejón. Periquín se detuvo, extendió el brazo y señaló el lugar donde la Virgen se le había aparecido en toda su majestad.
-¡Periquín! – gritó la madre. – ¡Ven “pa ca”!
- ¡Gracias guapa!- dijo sonriente desde lejos la gitana, mientras acariciaba la cabeza del niño.
Periquín volvió perezoso sobre sus pasos mientras las tres figuras negras permanecían de espalas frente al muro. Cuando entró en casa su madre todavía permanecía fuera, en mitad de la calle, tratando de adivinar qué hacía la gitana agachada, palpando un agua que prácticamente no era más que barro.
Con la amanecida comenzó a correr un poco de aire fresco por el callejón. La brisa en realidad era agradable, pero la madre sintió frío, entró en casa y se acostó. Hoy sólo tenía faena en casa… y ésta podía esperar.
Sobre las diez, un ruido de voces la despertó. La mujer se levantó, fue a la cocina y descorrió los visillos de la ventana. Ante su sorpresa, el callejón parecía un mercado. Una multitud de hombres y mujeres paseaban de un lado para otro y se enfrascaban en toda suerte de discusiones. Dos ancianos vociferaban junto a la puerta, porfiando sobre la procedencia del agua que, para algunos, ya había alcanzado la honrosa categoría de “manantial de toda la vida”: “que por eso asín se llama el callejón, de siempre”- afirmó uno de los ancianos.
La madre abrió la puerta.
- ¿Y el niño? ¿Dónde está el niño?- Preguntaron varias de las personas congregadas nada más ver que la puerta se abría. La madre miró asustada a la multitud, que ahora empezaba a fijarse en ella. Cerró, volvió a la ventana y apartó el visillo para mirar. Allí seguían todos, sin otra cosa que hacer que discutir y comentar el extraño fenómeno que había ocurrido en aquel lugar el día anterior.
Algunas de las ancianas, con dificultad, se agachaban hasta la acequia y humedecían sus pañuelos en el agua para luego doblarlos y guardarlos, no sin antes acercárselos a los labios para besar su humedad.
-¡Llevo el catorce, oiga! ¡Llevo el catorce! – Comenzó a gritar un vendedor ciego que apareció por la esquina del callejón de la mano de una niña de no más de doce años.
La madre corrió el visillo y se quedó mirando a la oscuridad de la vivienda. Cogió un cazo del escurridor y puso leche a calentar en la vieja cocina de butano. Periquín seguía durmiendo. De vez en cuando se escuchaba algún golpe contra la puerta de hierro.
La madre desayunó sólo el vaso de leche caliente y se fue al interior de la vivienda para empezar con las faenas del hogar.
Sobre las once escuchó unos fuertes golpes en la puerta. Alguien estaba llamando y no utilizaba el timbre.
-¿Ya va!- gritó, y abrió la puerta.
Don Luis estaba allí, frente a ella, mientras una muchedumbre de curiosos se agolpaba tras el señor cura párroco, que lucía un cleriman demasiado grueso para la época.
- ¡Hola Juana! ¿Tú eres Juana, no?- Dijo don Luis.
- No…- balbuceó la mujer, que habría querido añadir que “la Juani” era su madre.
-¿Sabes quién soy?
- Don Luis- respondió la mujer, azorada ante la inesperada visita.
-¿Y… puedo pasar?
La mujer, confundida, con la cabeza gacha, dejó pasar al sacerdote y cerró rápidamente la puerta.
- Hace mucho que no nos vemos…- dijo don Luis por decir algo, por iniciar una conversación. Lo cierto era que la mujer no había vuelto a ir a la iglesia desde hacía mas de año y medio, cuando llevó unos recibos para ver si se los podía pagar Cáritas.
- ¡Bien, Juana! ¿Está tu chaval por ahí?
- Sí -, dijo la mujer, que no se atrevió a corregir al sacerdote, y lo condujo a la habitación de Periquín; un cuarto interior con una cama de hierro con el somier vencido, un armario de pino de dos puertas, y una mesilla de color caoba, que no hacía juego ni con la cama, ni con el armario.
Don Luis se sentó en la cama mientras el niño permanecía tumbado, muy quieto, mirándole.
- ¿Sabes quién soy?
- Sí, dijo el muchacho, a la vez que asentía con la cabeza: “don Luis”.
- Bien, bien, ahora me vas a contar eso que dicen por ahí que has visto, ¿de acuerdo?
El niño asintió, miró a su madre y se incorporó en la cama.
- ¿No estaría usted mejor en la salita? – susurró la mujer mientras echaba una mirada abochornada al cuarto de Periquín. Pero el cura la mandó callar con una sonrisa y un leve gesto de la mano.
Periquín comenzó su relato. Contó cómo había salido de casa, cómo estado desconchando el muro del callejón, cómo había jugado… con las cosas de Dios, y cómo, a media altura, brillando como una luz, se le había aparecido la virgen.
- Y eso es todo- dijo el niño.
- Muy bien, Periquín, ¿no? Pues ahora vamos a salir ahí fuera y vamos a decir a toda esa gente que lo que viste fue una alucinación a causa de la caída. ¿Sabes lo que es una alucinación?
- Sí – contestó Periquín.
- Pues eso, vamos a salir… y les vamos a decir que se vayan a casa… que aquí no hacen nada.
Cuando la puerta de la casa se abrió, los murmullos y las voces se apagaron. La gente congregada se apartó al paso del muchacho y del sacerdote. Don Luis, con aire solemne contempló a su rebaño dispuesto a pronunciar unas breves palabras; sin embargo, Periquín no se detuvo, siguió andando conforme aquella barrera humana le franqueaba el paso, y don Luis caminó tras él. Unos metros calle abajo, el chico se arrodilló, y lanzó un profundo quejido cuando sus rodillas tocaron el suelo.
- ¿Qué te pasa? – preguntó don Luis arrodillándose junto al chaval.
En ese instante, un extraño sonido, como el crujir de miles de ramas recorrió el callejón. Don Luis volvió la cabeza y contempló horrorizado cómo cientos de personas se acababan de arrodillar. Un desgarro muy dentro le confirmó que algo había salido mal, completamente mal.
- ¡No… no!- comenzó a decir, pero no pudo continuar porque “la Herminia”, arrodillada junto a él, comenzó a gritar: “¡Ay, ay, ay! ¡La Virgen ha venido hasta mi puerta porque soy una ramera!”
(Continuará)

martes, 16 de junio de 2009

El hombre roto


Oigo el eco de tu voz


Se me va la vida mes a mes deslizándome en este universo paralelo. Parece mentira que miremos el mismo jarrón, las mismas flores. Oigo el eco de tu voz en la escalera. El tiempo y el espacio nunca encajaron bien con nosotros. Busco una salida en este salón de los espejos que me devuelve siempre la misma imagen; la imagen de una realidad deformada que sólo existe en el cristal, y que no rompo porque hay reflejos de colores que se harían añicos y no proyectarían sus dibujos de arco iris sobre la pared.
Es extraña esta dimensión, plana, oscura, con límites por todas partes. Sin cielo. Sin alto, ni ancho, ni profundo. No entiendo este mundo sin aire… No acierto a comprender cuándo me convertí en una sombra de la China.

lunes, 15 de junio de 2009

Una aparición mariana (III)


El niño corría a saltitos, con las piernas abiertas, gimiendo a cada golpe del delantal en las rodillas, y el brazo derecho extendido para mantener el equilibrio.
El pavimento, que ardía bajo sus pies, inflamaba el espacio a su alrededor envolviéndolo como una campana de vacío. Eso, junto a una inusual concentración de ozono hacía difícil la respiración de la criatura, que estiraba el cuello en un vano intento tanto de alcanzar algo de oxígeno, como de mantener una cierta proporción entre el hombro y la muñeca izquierda, que su madre se empeñaba descoyuntar. Tiraba la madre no sólo hacia adelante, para apremiar la marcha, sino hacia arriba, lo que la obligaba también a mantener el brazo en alto en un absurdo gesto de victoria. De esta forma hicieron su entrada triunfal en el ambulatorio…
- ¿Urgencias! – Inquirió a voz en grito la madre desde la puerta de cristal a un celador que dormitaba en el mostrador.
- Aquí ya no hay-, dijo el celador, que tras levantar la vista y comprobar el aspecto del chaval añadió: “Pero vaya a la consulta siete, que está en rebosamiento.”
El ambulatorio era un casco de bodega antiguo, rehabilitado, que había dado lugar a unas instalaciones funcionales con amplias salas entre las crujías. A lo largo de las salas se habían dispuesto hileras de asientos de hierro y plástico, atornillados al suelo. Todas las consultas estaban cerradas a excepción de la siete, pero ante ellas dormitaban algunos ancianos recostados en los asientos gracias al frescor que proporcionaba la vieja estructura, con la ayuda del aire acondicionado.
Periquín avanzó por el pasillo central ante la mirada escrutadora de algunos ancianos que parecían despertar al paso del chiquillo.
- ¡Vengo de urgencias! – espetó la madre al grupo que aguardaba ante la consulta siete. Ante la evidencia, nadie protestó cuando la señora se situó la primera ante la puerta.
- ¿"Qué la pasao"? –, preguntó un vejete que no paraba de manosear un cabo de esparto.
- He visto a la Virgen-, respondió el muchacho, sin esperar a que contestara su madre. Todos los pacientes lo miraron sorprendidos.
- Era blanca… blanca, con una capa azul-. Periquín movió las manos ensangrentadas para explicar cómo era la silueta de la Virgen.
- ¡Dónde?- preguntó una anciana que, sin lugar a dudas, ya daba por cierta la aparición y por testimonio las declaraciones del niño.
- En el callejón del Agua-, contestó. –Yo estaba jugando con las cosas de Dios…-
-¡Niño!- Le reprendió la madre. Justo en ese momento se abrió la puerta de al consulta y madre e hijo entraron atropelladamente.
Cuando la puerta se volvió a abrir, apareció el niño con la cabeza y las manos vedadas y apósitos en las rodillas. Continuaba luciendo el delantal de cocina, pero ahora llevaba una especie de pañuelo de pico anudado a la espalda a modo de taparrabos.
- Ya está-, fueron todas las palabras que dirigió la madre, con una rápida mirada, a los pacientes, que habían incrementado notablemente su número en los escasos minutos en los que Periquín había permanecido en el interior de la consulta.
Mientras Periquín atravesaba la sala, una anciana, que se santiguó, se inclinó sobre el hombro de otra y le susurró al oído: “ Esta es la de la Juani… la del callejón del Agua!”

- ¡Ah!-, se limitó a decir la otra, clavando su mirada acuosa de forma descarada en las heridas del niño.
(Continuará)

miércoles, 10 de junio de 2009

Una aparición mariana (II)

Periquín entró en el cuarto de baño. Un espejo biselado pendía de una escarpia sobre la pared desnuda; y sobre éste, una tulipa amarilla con su cáliz. Encendió la luz y apartó por un momento su mirada del espejo con los ojos irritados. Cuando volvió a mirar se dio cuenta de que tenía algunas gotitas de sangre seca donde la pared le había tatuado la frente. Tenía también sangre en las manos. Su aspecto en general era lamentable: las rodillas le habían vuelto a sangrar y le picaba enormemente la entrepierna.
Abrió el grifo y dejó correr el agua. Sintió cómo el agua fría le ahondaba las heridas de las manos. Se quitó una piedrecita incrustada en la palma izquierda y se quedó absorto contemplando cómo una espiral, al principio difusa, teñía de rojo bermellón el agua del lavabo…
Con los ojos fijos en el remolino del desagüe, el niño Periquín no supo calcular cuánto tiempo había pasado allí, pero el agua seguía de color púrpura bajo la luz inquisidora de la bombilla. Fue a la cocina.
- ¡Madre! ¡La Virgen “ma castigao"! – Allí estaba el niño Periquín, en la penumbra, desnudo, con la frente salpicada de sangre seca, las gafas caídas, la cara morena tornándose azul en las mejillas, embarradas de ocre y rojo, como si no hubiera logrado mezclar con sus dedos un marrón tierra de Siena. Inmóvil, tenía las rodillas en carne viva, y un incesante goteo en la mano izquierda.
- ¡Ay, ay, ay! ¡Dios mío!-, exclamó la madre al ver aquel desventurado que surgía de entre las sombras.
- La Virgen, madre… - dijo Periquín-
- ¿Qué Virgen! ¿Qué coño! ¡Ven acá que te vea! – gritó la madre, mientras le sacudía por los hombros, como si el zarandeo fuese a aclarar en algo vagos pensamientos del niño.
-Madre, estaba allí. La vi… pero se fue.
- ¿Quién estaba allí? ¡Allí dónde?
-La Virgen…
La bofetada sonó desmedida, aun entre los gruesos muros de arena y cal. Periquín se tambaleó. Ni siquiera lloró. Aquel bofetón había llegado a destiempo; antes incluso de que hubiera empezado a ordenar los pensamientos, por lo que su mente abandonó la tarea de razonar y sus ojos se perdieron en el infinito…
Justo antes de que la madre descargara toda su histeria sobre la criatura, Periquín movió la cabeza cuarenta y cinco grados, alzó los ojos y dijo:
- Me la estaba tocando… Me la estaba tocando, y me dio un escalofrío, y se puso todo negro. ¿Qué es eso madre? – preguntó inquisitivo Periquín sin tan siquiera pestañear-.
La madre abrió de par en par los ojos. - Eso... eso son las cosas de Dios -, repondió la madre sin aliento ante la revelación a bocajarro del chiquillo, demasiado pequeño para entretenerse en esos asuntos. Al menos, la repentina confesión libró al niño Periquín de un remolino de manotazos que a buen seguro habrían consumado la transfiguración de la criatura en un Ecce Homo prematuro.
- ¡Este niño no anda bien, no anda bien! - se repetía la madre mientras envolvía la desnudez de Periquín en un delantal de cocina y salía arrastrando a la criatura hacia el ambulatorio.

(Continuará... y espero no tardar tanto en volver a escribir una vez pasadas las elecciones. Téngase la numeración romana por páginas, que no por capítulos, que es mucho pretender)

lunes, 8 de junio de 2009

Estrategias peligrosas


La primera vez que acudí a una comparecencia de Mariano Rajoy no entendía de qué estaba hablado, porque no sabía a quién se refería cuando hablaba de “esta gente”, además en un tono más que despectivo. Al poco tiempo comprendí que “esta gente” era el Gobierno español. Pensé que esa forma de hablar se debía a una rabia poco contenida y peor disimulada por haber perdido las elecciones generales en 2004; algo impropio de un político de altura que pretende convertirse en presidente del Gobierno. Pero resultó que no, que otros altos cargos de su partido también se referían al presidente Rodríguez Zapatero y a los ministros con el mismo tono de desprecio, una estrategia con la que lo único que pretendían era socavar el respeto a quienes legítimamente ostentan el poder. Bien, esta actitud, a la que tampoco son ajenos los representantes del PSOE y de otros partidos políticos no merecería mayor atención de no ser porque Mayor Oreja vino el domingo a rizar el rizo. El candidato popular declaró que por primera vez “los españoles han vencido a Zapatero”. ¿Y quíenes son los que han votado al PSOE sino españoles? No hay error alguno. Es una estrategia; la típica estrategia totalitaria de identificar al partido con el Estado o con la nación. Estrategias muy peligrosas las que está empleando el Partido Popular para mantener el músculo político. Muy peligroso eso de enfrentar españoles contra otros… españoles, por supuesto.
Bueno, al menos me queda el consuelo de que ya ha acabado la penitencia de la campaña electoral. Una campaña electoral de la que he acabado hasta.. ¿dónde! de los políticos, de los que no son políticos pero lo parecen, de los amigos de los políticos, y de los amigos de los amigos... y de las estrategias totalitarias de los que no son precisamente del PP.

lunes, 1 de junio de 2009

Una aparición mariana (I)

Aún resuenan los gritos y carreras por el callejón del Agua; el mismo en el que al niño Periquín se le apareció la Virgen. Estaba el niño Perico, como cada tarde, frotándose la entrepierna a la sombra de una higuera que asomaba por la tapia del callejón, y que embriagaba con su aroma dulzón el sopor inflamado de las siestas de junio. Empezó indiferente a pasarse el pulgar, arriba y abajo, mientras contemplaba a través de los gruesos cristales de sus gafas el fondo de la acequia que serpenteaba junto al muro, y por la que todavía en esas fechas discurría un hilo de agua que empapaba algunas hojas secas; un hilo un poco más abundante que las gotas de sudor que le corrían por las mejillas y que estallaban como bombas sobre sus sandalias polvorientas.
Mientras el aire ardía, sintió como se inflamaba algo bajo sus pantalones. Cerró los ojos cuando las gafas se le escurrieron hasta la mitad de la nariz. De repente sintió una convulsión que recorrió todo su cuerpo haciéndole perder el equilibrio. Abrió los ojos con una mueca de sorpresa y se precipitó de boca contra el muro. Cuando recobró los sentidos, la vio. Como a media altura, flotando sobre los jaramagos que cubrían la acequia, estaba la Virgen María.
- ¡Virgen pura!-, acertó a decir desde el suelo el niño Periquín, con la mejilla incrustada de caliche. Era una visión maravillosa. ¡Allí estaba la Virgen!, con su aureola dorada, con su manto celeste, como la virgencita de Fátima fosforescente que el abuelo tenía en la mesilla… ¡Tan blanca!
Periquín se incorporó ajustándose las gafas. Allí seguía la Virgen, flotando en el aire. El niño Periquín extendió los brazos y anduvo torpemente hacia la imagen resplandeciente. Sin miedo, pero con la certeza absoluta de que la Virgen venía a por su alma y ya nunca volvería a ver a sus padres. Periquín estuvo a punto de tocarla, pero la imagen desapareció y el niño se encontró solo, con los brazos extendidos, cubierto de polvo, como suplicando que se lo llevaran. Se sintió aturdido. Miró en derredor; se miró así mismo. Tenía las piernas blancas, las rodillas desolladas… y una enorme mancha en el pantalón. Hundió la barbilla sobre el pecho y comenzó a andar bajo el sofoco de junio hacia su casa. Fue entonces cuando percibió un penetrante olor a almizcle y un incipiente picor en la entrepierna que le hacía detenerse a cada poco para pellizcar del tiro del pantalón.
El niño Periquín se detuvo jadeante al llegar a casa. La pared de pellas encaladas reflejaba una luz hiriente. El portón, medio abierto , dejaba entrever la cocina en penumbras.
-Madre. He visto a la Virgen, madre-, afirmó Periquín, mientras cabizbajo continuó su camino hacia el interior de la vivienda.
La madre lo miró por encima del hombro mientras terminaba de secar un plato. – Este niño no anda bien-, se dijo. –Nunca ha andado bien-.

(Continuará)