lunes, 1 de junio de 2009

Una aparición mariana (I)

Aún resuenan los gritos y carreras por el callejón del Agua; el mismo en el que al niño Periquín se le apareció la Virgen. Estaba el niño Perico, como cada tarde, frotándose la entrepierna a la sombra de una higuera que asomaba por la tapia del callejón, y que embriagaba con su aroma dulzón el sopor inflamado de las siestas de junio. Empezó indiferente a pasarse el pulgar, arriba y abajo, mientras contemplaba a través de los gruesos cristales de sus gafas el fondo de la acequia que serpenteaba junto al muro, y por la que todavía en esas fechas discurría un hilo de agua que empapaba algunas hojas secas; un hilo un poco más abundante que las gotas de sudor que le corrían por las mejillas y que estallaban como bombas sobre sus sandalias polvorientas.
Mientras el aire ardía, sintió como se inflamaba algo bajo sus pantalones. Cerró los ojos cuando las gafas se le escurrieron hasta la mitad de la nariz. De repente sintió una convulsión que recorrió todo su cuerpo haciéndole perder el equilibrio. Abrió los ojos con una mueca de sorpresa y se precipitó de boca contra el muro. Cuando recobró los sentidos, la vio. Como a media altura, flotando sobre los jaramagos que cubrían la acequia, estaba la Virgen María.
- ¡Virgen pura!-, acertó a decir desde el suelo el niño Periquín, con la mejilla incrustada de caliche. Era una visión maravillosa. ¡Allí estaba la Virgen!, con su aureola dorada, con su manto celeste, como la virgencita de Fátima fosforescente que el abuelo tenía en la mesilla… ¡Tan blanca!
Periquín se incorporó ajustándose las gafas. Allí seguía la Virgen, flotando en el aire. El niño Periquín extendió los brazos y anduvo torpemente hacia la imagen resplandeciente. Sin miedo, pero con la certeza absoluta de que la Virgen venía a por su alma y ya nunca volvería a ver a sus padres. Periquín estuvo a punto de tocarla, pero la imagen desapareció y el niño se encontró solo, con los brazos extendidos, cubierto de polvo, como suplicando que se lo llevaran. Se sintió aturdido. Miró en derredor; se miró así mismo. Tenía las piernas blancas, las rodillas desolladas… y una enorme mancha en el pantalón. Hundió la barbilla sobre el pecho y comenzó a andar bajo el sofoco de junio hacia su casa. Fue entonces cuando percibió un penetrante olor a almizcle y un incipiente picor en la entrepierna que le hacía detenerse a cada poco para pellizcar del tiro del pantalón.
El niño Periquín se detuvo jadeante al llegar a casa. La pared de pellas encaladas reflejaba una luz hiriente. El portón, medio abierto , dejaba entrever la cocina en penumbras.
-Madre. He visto a la Virgen, madre-, afirmó Periquín, mientras cabizbajo continuó su camino hacia el interior de la vivienda.
La madre lo miró por encima del hombro mientras terminaba de secar un plato. – Este niño no anda bien-, se dijo. –Nunca ha andado bien-.

(Continuará)

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