miércoles, 10 de junio de 2009

Una aparición mariana (II)

Periquín entró en el cuarto de baño. Un espejo biselado pendía de una escarpia sobre la pared desnuda; y sobre éste, una tulipa amarilla con su cáliz. Encendió la luz y apartó por un momento su mirada del espejo con los ojos irritados. Cuando volvió a mirar se dio cuenta de que tenía algunas gotitas de sangre seca donde la pared le había tatuado la frente. Tenía también sangre en las manos. Su aspecto en general era lamentable: las rodillas le habían vuelto a sangrar y le picaba enormemente la entrepierna.
Abrió el grifo y dejó correr el agua. Sintió cómo el agua fría le ahondaba las heridas de las manos. Se quitó una piedrecita incrustada en la palma izquierda y se quedó absorto contemplando cómo una espiral, al principio difusa, teñía de rojo bermellón el agua del lavabo…
Con los ojos fijos en el remolino del desagüe, el niño Periquín no supo calcular cuánto tiempo había pasado allí, pero el agua seguía de color púrpura bajo la luz inquisidora de la bombilla. Fue a la cocina.
- ¡Madre! ¡La Virgen “ma castigao"! – Allí estaba el niño Periquín, en la penumbra, desnudo, con la frente salpicada de sangre seca, las gafas caídas, la cara morena tornándose azul en las mejillas, embarradas de ocre y rojo, como si no hubiera logrado mezclar con sus dedos un marrón tierra de Siena. Inmóvil, tenía las rodillas en carne viva, y un incesante goteo en la mano izquierda.
- ¡Ay, ay, ay! ¡Dios mío!-, exclamó la madre al ver aquel desventurado que surgía de entre las sombras.
- La Virgen, madre… - dijo Periquín-
- ¿Qué Virgen! ¿Qué coño! ¡Ven acá que te vea! – gritó la madre, mientras le sacudía por los hombros, como si el zarandeo fuese a aclarar en algo vagos pensamientos del niño.
-Madre, estaba allí. La vi… pero se fue.
- ¿Quién estaba allí? ¡Allí dónde?
-La Virgen…
La bofetada sonó desmedida, aun entre los gruesos muros de arena y cal. Periquín se tambaleó. Ni siquiera lloró. Aquel bofetón había llegado a destiempo; antes incluso de que hubiera empezado a ordenar los pensamientos, por lo que su mente abandonó la tarea de razonar y sus ojos se perdieron en el infinito…
Justo antes de que la madre descargara toda su histeria sobre la criatura, Periquín movió la cabeza cuarenta y cinco grados, alzó los ojos y dijo:
- Me la estaba tocando… Me la estaba tocando, y me dio un escalofrío, y se puso todo negro. ¿Qué es eso madre? – preguntó inquisitivo Periquín sin tan siquiera pestañear-.
La madre abrió de par en par los ojos. - Eso... eso son las cosas de Dios -, repondió la madre sin aliento ante la revelación a bocajarro del chiquillo, demasiado pequeño para entretenerse en esos asuntos. Al menos, la repentina confesión libró al niño Periquín de un remolino de manotazos que a buen seguro habrían consumado la transfiguración de la criatura en un Ecce Homo prematuro.
- ¡Este niño no anda bien, no anda bien! - se repetía la madre mientras envolvía la desnudez de Periquín en un delantal de cocina y salía arrastrando a la criatura hacia el ambulatorio.

(Continuará... y espero no tardar tanto en volver a escribir una vez pasadas las elecciones. Téngase la numeración romana por páginas, que no por capítulos, que es mucho pretender)

1 comentario:

  1. ajú ajú jjjj no quiero ni imaginar en que terminará esto. Menos mal que no es un relato viajero :)

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