lunes, 15 de junio de 2009

Una aparición mariana (III)


El niño corría a saltitos, con las piernas abiertas, gimiendo a cada golpe del delantal en las rodillas, y el brazo derecho extendido para mantener el equilibrio.
El pavimento, que ardía bajo sus pies, inflamaba el espacio a su alrededor envolviéndolo como una campana de vacío. Eso, junto a una inusual concentración de ozono hacía difícil la respiración de la criatura, que estiraba el cuello en un vano intento tanto de alcanzar algo de oxígeno, como de mantener una cierta proporción entre el hombro y la muñeca izquierda, que su madre se empeñaba descoyuntar. Tiraba la madre no sólo hacia adelante, para apremiar la marcha, sino hacia arriba, lo que la obligaba también a mantener el brazo en alto en un absurdo gesto de victoria. De esta forma hicieron su entrada triunfal en el ambulatorio…
- ¿Urgencias! – Inquirió a voz en grito la madre desde la puerta de cristal a un celador que dormitaba en el mostrador.
- Aquí ya no hay-, dijo el celador, que tras levantar la vista y comprobar el aspecto del chaval añadió: “Pero vaya a la consulta siete, que está en rebosamiento.”
El ambulatorio era un casco de bodega antiguo, rehabilitado, que había dado lugar a unas instalaciones funcionales con amplias salas entre las crujías. A lo largo de las salas se habían dispuesto hileras de asientos de hierro y plástico, atornillados al suelo. Todas las consultas estaban cerradas a excepción de la siete, pero ante ellas dormitaban algunos ancianos recostados en los asientos gracias al frescor que proporcionaba la vieja estructura, con la ayuda del aire acondicionado.
Periquín avanzó por el pasillo central ante la mirada escrutadora de algunos ancianos que parecían despertar al paso del chiquillo.
- ¡Vengo de urgencias! – espetó la madre al grupo que aguardaba ante la consulta siete. Ante la evidencia, nadie protestó cuando la señora se situó la primera ante la puerta.
- ¿"Qué la pasao"? –, preguntó un vejete que no paraba de manosear un cabo de esparto.
- He visto a la Virgen-, respondió el muchacho, sin esperar a que contestara su madre. Todos los pacientes lo miraron sorprendidos.
- Era blanca… blanca, con una capa azul-. Periquín movió las manos ensangrentadas para explicar cómo era la silueta de la Virgen.
- ¡Dónde?- preguntó una anciana que, sin lugar a dudas, ya daba por cierta la aparición y por testimonio las declaraciones del niño.
- En el callejón del Agua-, contestó. –Yo estaba jugando con las cosas de Dios…-
-¡Niño!- Le reprendió la madre. Justo en ese momento se abrió la puerta de al consulta y madre e hijo entraron atropelladamente.
Cuando la puerta se volvió a abrir, apareció el niño con la cabeza y las manos vedadas y apósitos en las rodillas. Continuaba luciendo el delantal de cocina, pero ahora llevaba una especie de pañuelo de pico anudado a la espalda a modo de taparrabos.
- Ya está-, fueron todas las palabras que dirigió la madre, con una rápida mirada, a los pacientes, que habían incrementado notablemente su número en los escasos minutos en los que Periquín había permanecido en el interior de la consulta.
Mientras Periquín atravesaba la sala, una anciana, que se santiguó, se inclinó sobre el hombro de otra y le susurró al oído: “ Esta es la de la Juani… la del callejón del Agua!”

- ¡Ah!-, se limitó a decir la otra, clavando su mirada acuosa de forma descarada en las heridas del niño.
(Continuará)

No hay comentarios:

Publicar un comentario