sábado, 20 de junio de 2009

Una aparición mariana (IV)


Tres sombras oscuras vestidas de negro deambulaban por el callejón del Agua cuando todavía no era clara la luz de la mañana. Las tres figuras enlutadas recorrían palmo a palmo el muro, deteniéndose a cada poco. Finalmente volvieron atrás, junto al portalón de la casa de Periquín. Una de ellas hizo sonar el timbre. La madre de Periquín entreabrió la puerta en camisón, con el pelo desmelenado sobre la cara.
- ¿Qué queréis?- preguntó.
- Tú eres la niña de “la Juani”- afirmó una gitana enjoyada, de moño alto y gris, y ojos penetrantes, que aún conservaba algo de la belleza que debió poseer en su juventud.
- ¿Dónde está el niño?
- ¿El niño? El niño está durmiendo- dijo la madre.
Sin esperar a ser invitada, la gitana entró en la cocina… sin brusquedad, pero con la determinación de quien entra en su casa y aguarda a ser servido.
-¿Qué pasa con el niño? - preguntó la madre mientras la gitana se situaba en mitad de la habitación, observando la puerta de acceso al resto de la casa.
- Sólo queremos que nos enseñe dónde ha visto a la Virgen.
- ¿Qué?
La gitana atravesó con la mirada a la madre, que no volvió a preguntar y que ni siquiera se planteó echar a la calle a aquella mujer antes de ir a despertar al chiquillo. Al cabo de un instante apareció el niño Periquín medio dormido, con la cabeza y las manos vendadas, acompañado de su madre. La gitana le sonrió.
- Hola niño guapo- le dijo, y posó la mano sobre el hombro de la criatura, tomando posesión de ella. – Tú nos vas a enseñas dónde viste a la Virgen- afirmó la gitana resolutiva. El niño asintió sin pronunciar palabra y ambos salieron de la casa y se unieron a las otras dos ancianas que esperaban fuera.
Anduvieron calle abajo un buen trecho ante la mirada atenta de la madre que observaba al grupo con los brazos cruzados sobre el pecho, en mitad del callejón. Periquín se detuvo, extendió el brazo y señaló el lugar donde la Virgen se le había aparecido en toda su majestad.
-¡Periquín! – gritó la madre. – ¡Ven “pa ca”!
- ¡Gracias guapa!- dijo sonriente desde lejos la gitana, mientras acariciaba la cabeza del niño.
Periquín volvió perezoso sobre sus pasos mientras las tres figuras negras permanecían de espalas frente al muro. Cuando entró en casa su madre todavía permanecía fuera, en mitad de la calle, tratando de adivinar qué hacía la gitana agachada, palpando un agua que prácticamente no era más que barro.
Con la amanecida comenzó a correr un poco de aire fresco por el callejón. La brisa en realidad era agradable, pero la madre sintió frío, entró en casa y se acostó. Hoy sólo tenía faena en casa… y ésta podía esperar.
Sobre las diez, un ruido de voces la despertó. La mujer se levantó, fue a la cocina y descorrió los visillos de la ventana. Ante su sorpresa, el callejón parecía un mercado. Una multitud de hombres y mujeres paseaban de un lado para otro y se enfrascaban en toda suerte de discusiones. Dos ancianos vociferaban junto a la puerta, porfiando sobre la procedencia del agua que, para algunos, ya había alcanzado la honrosa categoría de “manantial de toda la vida”: “que por eso asín se llama el callejón, de siempre”- afirmó uno de los ancianos.
La madre abrió la puerta.
- ¿Y el niño? ¿Dónde está el niño?- Preguntaron varias de las personas congregadas nada más ver que la puerta se abría. La madre miró asustada a la multitud, que ahora empezaba a fijarse en ella. Cerró, volvió a la ventana y apartó el visillo para mirar. Allí seguían todos, sin otra cosa que hacer que discutir y comentar el extraño fenómeno que había ocurrido en aquel lugar el día anterior.
Algunas de las ancianas, con dificultad, se agachaban hasta la acequia y humedecían sus pañuelos en el agua para luego doblarlos y guardarlos, no sin antes acercárselos a los labios para besar su humedad.
-¡Llevo el catorce, oiga! ¡Llevo el catorce! – Comenzó a gritar un vendedor ciego que apareció por la esquina del callejón de la mano de una niña de no más de doce años.
La madre corrió el visillo y se quedó mirando a la oscuridad de la vivienda. Cogió un cazo del escurridor y puso leche a calentar en la vieja cocina de butano. Periquín seguía durmiendo. De vez en cuando se escuchaba algún golpe contra la puerta de hierro.
La madre desayunó sólo el vaso de leche caliente y se fue al interior de la vivienda para empezar con las faenas del hogar.
Sobre las once escuchó unos fuertes golpes en la puerta. Alguien estaba llamando y no utilizaba el timbre.
-¿Ya va!- gritó, y abrió la puerta.
Don Luis estaba allí, frente a ella, mientras una muchedumbre de curiosos se agolpaba tras el señor cura párroco, que lucía un cleriman demasiado grueso para la época.
- ¡Hola Juana! ¿Tú eres Juana, no?- Dijo don Luis.
- No…- balbuceó la mujer, que habría querido añadir que “la Juani” era su madre.
-¿Sabes quién soy?
- Don Luis- respondió la mujer, azorada ante la inesperada visita.
-¿Y… puedo pasar?
La mujer, confundida, con la cabeza gacha, dejó pasar al sacerdote y cerró rápidamente la puerta.
- Hace mucho que no nos vemos…- dijo don Luis por decir algo, por iniciar una conversación. Lo cierto era que la mujer no había vuelto a ir a la iglesia desde hacía mas de año y medio, cuando llevó unos recibos para ver si se los podía pagar Cáritas.
- ¡Bien, Juana! ¿Está tu chaval por ahí?
- Sí -, dijo la mujer, que no se atrevió a corregir al sacerdote, y lo condujo a la habitación de Periquín; un cuarto interior con una cama de hierro con el somier vencido, un armario de pino de dos puertas, y una mesilla de color caoba, que no hacía juego ni con la cama, ni con el armario.
Don Luis se sentó en la cama mientras el niño permanecía tumbado, muy quieto, mirándole.
- ¿Sabes quién soy?
- Sí, dijo el muchacho, a la vez que asentía con la cabeza: “don Luis”.
- Bien, bien, ahora me vas a contar eso que dicen por ahí que has visto, ¿de acuerdo?
El niño asintió, miró a su madre y se incorporó en la cama.
- ¿No estaría usted mejor en la salita? – susurró la mujer mientras echaba una mirada abochornada al cuarto de Periquín. Pero el cura la mandó callar con una sonrisa y un leve gesto de la mano.
Periquín comenzó su relato. Contó cómo había salido de casa, cómo estado desconchando el muro del callejón, cómo había jugado… con las cosas de Dios, y cómo, a media altura, brillando como una luz, se le había aparecido la virgen.
- Y eso es todo- dijo el niño.
- Muy bien, Periquín, ¿no? Pues ahora vamos a salir ahí fuera y vamos a decir a toda esa gente que lo que viste fue una alucinación a causa de la caída. ¿Sabes lo que es una alucinación?
- Sí – contestó Periquín.
- Pues eso, vamos a salir… y les vamos a decir que se vayan a casa… que aquí no hacen nada.
Cuando la puerta de la casa se abrió, los murmullos y las voces se apagaron. La gente congregada se apartó al paso del muchacho y del sacerdote. Don Luis, con aire solemne contempló a su rebaño dispuesto a pronunciar unas breves palabras; sin embargo, Periquín no se detuvo, siguió andando conforme aquella barrera humana le franqueaba el paso, y don Luis caminó tras él. Unos metros calle abajo, el chico se arrodilló, y lanzó un profundo quejido cuando sus rodillas tocaron el suelo.
- ¿Qué te pasa? – preguntó don Luis arrodillándose junto al chaval.
En ese instante, un extraño sonido, como el crujir de miles de ramas recorrió el callejón. Don Luis volvió la cabeza y contempló horrorizado cómo cientos de personas se acababan de arrodillar. Un desgarro muy dentro le confirmó que algo había salido mal, completamente mal.
- ¡No… no!- comenzó a decir, pero no pudo continuar porque “la Herminia”, arrodillada junto a él, comenzó a gritar: “¡Ay, ay, ay! ¡La Virgen ha venido hasta mi puerta porque soy una ramera!”
(Continuará)

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