domingo, 5 de julio de 2009

Una aparición mariana V


Los lamentos, los ayes y aymés se extendieron como una ola por todo el callejón acompañados por golpes de pecho y llantos histéricos. Don Luis, fuera de sí se abrió paso entre la multitud, que le tocaba la chaqueta y los pantalones como quien toca a un santo. Luego la atención de la muchedumbre se centró en el “santo niño”, al que izaron en volandas. Periquín, aterrado, gritaba: “¡mamá, mamá, mamá!”
La madre salió al callejón como una jabalina herida, con el pelo sobre la cara, los dientes apretados y todos y cada uno de los huesos de la cara marcados y abultados, como si hubiera dado un salto atrás en la evolución.

-¡Soltadlo, hijos de… que lo vais a matar, cabr…!- Pero la masa era demasiado compacta, y estaba demasiado enardecida como para que una sola mujer pudiera arrebatarle el objeto de su adoración, que ahora subía y bajaba por encima de las cabezas, pálido e inmóvil, aterrorizado y a un paso de perder la conciencia.
La mujer, como si hubiera rebotado contra un muro, se vio empujada al interior de su casa, mientras en la calle se escuchaban vivas al Pastorcito divino, a la Madre de Dios, y a la Reina de las marismas, que evidentemente no se correspondían con la nueva advocación de la Virgen del Callejón.

Una vez en el interior, la madre cogió el móvil y llamó al 112.
- Emergencias, ¿dígame?
- ¡Me lo matan, me lo matan, me lo matan! – acertó a decir la madre, mientras se apoyaba sobre la encimera de la cocina para no caer al suelo.
Minutos más tarde los rotativos de tres coches de la Policía Local asomaban en lo alto de la cuesta, con las sirenas a al viento, mientras que en sentido contrario subían dos motoristas y un Picasso de la Policía Nacional.
Los coches policiales aparcaron sobre las aceras dejando un espacio mínimo tanto para los coches que subían, como para los que bajaban. Los dos motoristas , con botas altas, y los cascos todavía puestos fueron los primeros en acercarse a la multitud.
- ¿Qué pasa aquí?- preguntó en tono imperativo el más alto de los dos.
- ¡Es la virgen!- exclamó una anciana con la cara y las manos llenas de barro, mientras intentaba escurrir sobre su boca unas cuantas gotas de agua con un pañuelo.
- ¿Lo qué? – dijo el policía mientras miraba cómo la gente se agolpaba sobre la acequia para tratar de conseguir algo del barro posado en el fondo. La anciana, con un gesto bobo de felicidad, no contestó y continuó chupando el pañuelo.
- ¿Y el niño? ¿Dónde está el niño?- preguntó el otro motorista.
Una señora, de unos cuarenta años, prematuramente envejecida, extendió su brazo para señalar a la multitud.
Sobre centenares, si no miles de cabezas, flotaba lívido el cuerpo del chaval, rendido a su más que segura inmolación. Los brazos le colgaban inertes, y sus ojos, a través de los cristales de sus gafas, no miraban a ninguna parte.
- ¡Abran paso! – gritó uno de los agentes. Pero las miradas de los nuevos devotos los atravesaron como si no entendieran lo que querían decirles.
Pronto se acercaron a la esquina del callejón los agentes que habían llegado en coche .
- ¿Pero qué coño hace toda esta gente!- preguntó un sargento de la Policía Local, de hombros anchos, desproporcionados para su talla, cuando vio al muchacho arandeado en las alturas, en lo que comenzaba a parecer un entierro musulmán.
El sargento ordenó a los agentes que se abrierna paso hasta la criatura, lo que hicieron de forma poco ortodoxa, pero expeditiva y efectiva.
La llegada de los agentes y el rescate del chaval tornó los ánimos encendidos de los fieles en una actitud, por así decirlo… poco cristiana.
Tras dejar al chico en brazos de su madre, y ante la actitud de la muchedumbre que los rodeaba, los agentes retroceder hasta la esquina del callejón. Con esta retirada estratégica, los ánimos se calmaron, a lo que contribuyó que alguien gritara: “¡El ángelus!”, pero como no había nadie para dirigir las oraciones, todos siguieron la voz gutural de una anciana que empezó a cantar “Salve Regina”.
El sargento aprovechó la ocasión para informar a Jefatura sobre el anormal comportamiento de los ciudadanos que se encontraban en el callejón del Agua, que incluso habían hecho frente a la autoridad, sin omitir el hecho de que muchos de ellos trataban de beber agua enfangada.
La respuesta llegó de inmediato:”Impidan que el persona beba agua de la acequia”.
El sargento volvió a informar que era una enorme multitud la que se concentraba en el lugar y que no tenía efectivos para controlarla.
Minutos más tarde volvió a sonar la emisora informando que un camión de “Infraestructura” se dirigía al punto de reunión para colocar vallas en la zona.
El sargento colgó el micrófono mientras se sujetaba la frente con la mano izquierda.
Cuando llegó el camión cargado de vallas, no encontró sitio donde aparcar, así que se montó en parte sobre la acera. Pero entre la batea del camión y los coches policiales mal aparcados no había sitio para la circulación de vehículos, que a esa hora era muy intensa; así que el sargento apremió a los operarios para que descargaran las vallas, mientras comenzaba a formarse un enorme atasco.
Al acercarse los operarios con las vallas a la acequia comenzaron a ser insultados por la multitud. Los trabajadores volvieron al camión y se quedaron con los brazos cruzados.
El sargento volvió a informar a Jefatura sobre la situación entre un estruendo de claxons y gritos de los conductores , algunos de los cuales habían bajado ya de sus vehículos.

5 comentarios:

  1. Mamá, ya sé que eres la única que lo lee, pero te juro que lo voy a acabar en un par de entregas para que no te pierdas el final.

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  2. Yo también lo leo y esperaba esa frase sobre la última entrega... je,je...

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  3. Ya me tienes enganchado si lo que querías. ¿No habrá que jugar a completarlo? Ja,ja

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  4. jaja yo sigo leyéndolo, lo que pasa que lo estoy imprimiento y encudernándolo para no perder el hilo. jjj

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  5. En las mejores obras, son los silencios los que marcan la atención del público ;-)

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