sábado, 29 de agosto de 2009

Una aparición mariana (X) El desenlace.


La aparición en televisión había sido todo un éxito, pensó don Ramiro, mientras recostaba la cabeza en la almohada. La aparición en televisión, y sobre todo el anuncio de la colocación de una placa para mañana al mediodía en el lugar de la aparición. Una idea muy acertada; a las doce del mediodía, a tiempo para que los programas matinales lo den en directo, y con tiempo suficiente para que los reporteros de las televisiones nacionales puedan enviar las piezas editadas a los informativos de las tres de la tarde.
La aparición de la Virgen había sido un golpe de suerte. Un auténtico milagro en plena crisis. Todo aquel peregrinar de vecinos a cualquier hora del día, con vasos y botellas de agua, pasando por el callejón… y todavía quedaba un largo verano por delante, falto de noticias, sobre todo locales… Esa aparición mariana iba a ocupar día tras día los titulares… había que tener más cuidado con los milagros de Pepe Rodríguez, pero siempre había que confiar en el efecto placebo del “agua bendita”. ¡Todo un verano de visitas, proyectos, reuniones para el diseño del santuario! Sin la oposición de la derecha y sin preocuparse por las cifras del paro, de la caída de las ventas y de la ocupación hotelera, que a buen seguro recibiría los efectos beneficiosos de los milagros de la Virgen muy pronto. En estos pensamientos estaba el señor alcalde mientras miraba a las estrellas a través de la ventana de su habitación.
- ¡El universo nos sonríe, Ramiro!- se dijo el alcalde henchido, mientras repasaba mentalmente el discurso que iba a pronunciar al día siguiente tras la colocación de la placa. Don Ramiro se dejo invadir, satisfecho, por un sueño placentero.
A medianoche La Potorro también estaba mirando las estrellas. Tirada en el patio de la vieja casa de vecinos, no había podido alcanzar el retrete. Tumbada en la cama había sentido un punzante dolor en el bajo vientre. Una puñalada que le subió hasta los riñones y que la había dejado completamente baldada. Un sudor frío había recorrido entonces todo su ser cadavérico. Sólo unas violentas náuseas la arrojaron del camastro y la impulsaron hacia la puerta. Las piernas no la sostenían, y al bajar los escasos cuatro escalones que daban al patio, rodó por las escaleras. Tumbada en el suelo se vio cubierta por un fluido pestilente hasta la cintura. Levantó la cabeza, la giró y vomitó. El vértigo la obligó a apoyar la cabeza contra el suelo mientras su corazón latía: “me muero, me muero, me muero…” con un nudo en la garganta, víctima de la taquicardia. Junto a su cabeza, las macetas del patio distribuidas en distintas alturas bajo una cruz de forja semejaban el exorno floral de un túmulo.
La Potorro alzó la vista a las estrellas, que parpadeaban en el cielo limpio, sin nubes de junio.
También empezaban a parpadear las luces en muchos puntos de la ciudad. De hecho no había una sola casa o un solo edificio que no tuviera una o varias ventanas con la luz encendida; incluido el taller de la joyería Roma. Julio, el joyero estaba todavía trabajando para que la placa estuviera preparada para que el alcalde la pudiera descubrir al día siguiente. No era una labor complicada. En cualquier otro caso habría tardado apenas unos minutos en grabarla, pero el señor alcalde había exigido una placa de tal tamaño, que no había encontrado ninguna en el taller ni en otras joyerías de la ciudad, ni siquiera en sus catálogos comerciales. Anduvo toda la tarde dándole vueltas a la cabeza, hasta que finalmente cayó en la cuenta. Había planchas de gran tamaño en la ciudad, en “La Moderna”, la funeraria que desde los años cuarenta se había caracterizado por ofrecer lo último en lápidas, jarrones y adornos funerarios, o lo más tradicional; de hecho, junto al bronce y al latón, fue la primera funeraria en ofrecer lápidas de acero inoxidable…
Cuando Julio llegó a La Moderna, la encontró como siempre, abierta. En otro tiempo no había sido así, pero desde hacía treinta años ofrecía toda clase de servicios, “para dar el último adiós a sus seres más queridos”. Aquel establecimiento era su última oportunidad. Julio se paró ante la puerta, ante el letrero que decía: “Funeraria La Moderna. Especialidad en lápidas, gran surtido en el interior”. Allí encontró Julio lo que estaba buscando, una lápida de latón prácticamente lisa, con un pequeño marco alrededor de color negro, que semejaba una cruz estilizada – lo que no quedaba mal ya que se trataba de una señal religiosa, discurrió Julio-, que tenía incorporado un pequeño cilindro para flores, ajustable en distintas posiciones.
- No todas las tumbas tienen el mismo tamaño, ni todas las lápidas se sitúan paralelas al suelo- le había comentado con toda seriedad, y haciendo gala de un gran dominio del tema, Antoñito, el encargado de tarde-.
La lápida iba a servir.
A la extraña iluminación que ofrecían los edificios de la ciudad se le sumó una “araña” luminosa cuyas patas confluían en el hospital comarcal. La noche prometía ser larga; larga para todos excepto para don Ramiro, que dormía a pierna suelta, que no había consentido en beber agua de la acequia del callejón ni durante la entrevista en televisión.
- No hay asqueroso que no sea escrupuloso- había pensado La Potorro cuando el alcalde le quitó todo el protagonismo con su anuncio de construir una ermita; momento que, por cierto, aprovechó para desaparecer antes de que las preguntas de los periodistas le hicieran caer en contradicciones o, simplemente, no se acordara de lo que había dicho minutos antes
Cuando el sol asomó por el horizonte, una extraña quietud envolvió a la ciudad. En los arrabales no había movimiento alguno, y que el centro apareciera como una mañana de domingo también le extrañó a don Ramiro, pero estaba demasiado feliz como para preocuparse por la escasez de tráfico.
Cuando llegó al despacho su secretaria le informó que la joyería Roma había llamado para decir que a primera hora colocarían la placa, si es que no quería verla antes.
- Bien, dijo don Ramiro. Llama y que la coloquen, no hay tiempo que perder. La secretaria se encogió de hombros. Dejar colocar una placa en la calle, sin la debida supervisión era una temeridad.
Sobre la mesa del despacho estaban los periódicos del día y los resúmenes de prensa, incluidos los resúmenes de todas y cada una de las noticias emitidas por las diferentes emisoras de radio.
La aparición de la Virgen, el milagro del callejón llenaban las portadas y páginas interiores de los periódicos locales y provinciales. Incluso El mundo ofrecía una entrevista a doble página a un niño asustado, “que estaba jugando con las cosas de Dios cuando se le apareció la Virgen”.
Marisa, la secretaria, volvió a entrar en el despacho con un café y once carpetas de cartón, de distintos colores, con documentos para la firma. Eso podía llevarle toda la mañana ya que don Ramiro leía todos y cada uno de los documentos; incluso los devolvía sin firmar, con correcciones ortográficas para que los rehicieran; eso mantenía alerta a los empleados, pero hoy sólo plasmaría su firma hasta las once y media de la mañana. Había cancelado todas sus citas hasta después de la una. A las once y media había quedado con buena parte de sus concejales para acudir andando hasta el callejón del Agua. Saludaría a todos por la calle y haría su entrada triunfal en el callejón flanqueado por las cámaras de televisión y los fotógrafos. Iba a descubrir una placa, sólo un primer paso para la construcción de su megaproyecto.
La calma era inquietante cuando el grupo de concejales, entre los que se encontraba Pepe Rodríguez y El Beni, con el alcalde a la cabeza, salió del consistorio camino del callejón. Los bares y comercios estaban vacíos; hasta la circulación era fluida en pleno centro de la ciudad. Sólo de vez en cuando algún transeúnte levantaba la mano para saludar a don Ramiro.
A la entrada del callejón estaban los cámaras y redactores de numerosos medios, esperando la llegada del alcalde. Se les reconocía a la legua porque parecía un grupo porque parecía un grupo con permiso penitenciario, pero no era viernes.
En el callejón, una barra metálica sostenía una cortina de terciopelo rojo, y salvo un par de operarios de la joyería Roma no había nadie más.
- Bueno, ¿esperamos un poco por si algún vecino quiere venir a ver el descubrimiento de la placa? – preguntó don Ramiro-.
Los equipos de televisión dijeron que sí, porque no había planos de recurso de donde tirar, y los fotógrafos y redactores dijeron que, “cinco minutos o nos vamos”, con lo cual no hubo acuerdo; ni quien los pusiera de acuerdo, porque Alvarito, el jefe de prensa, se había quedado en el ayuntamiento para controlar si había algún directo como el día anterior… y efectivamente lo había, pero no desde el callejón, sino desde el hospital.
Una televisión nacional informaba de los miles de casos de una extraña enfermedad que estaba azotando a la población. Los pasillos estaban atestados de gente, camillas por doquier y el personal sanitario corriendo de un lugar a otro sin parar. Luego, en primer plano, apareció la imagen de La Potorro. La Potorro estaba sentada en una silla de ruedas, prácticamente inmóvil. Su tez, ayer morena, hoy parecía blanca, macilenta.
- ¡Confesión, confesión! – pedía La Potorro en mitad de un pasillo del hospital, y allí estaba una reportera para confesarla… y confesó.
Alvarito, pese a su enorme humanidad, se puso en pie de un salto. Se quedó mirando la pantalla con la boca abierta, escuchando cómo habían engañado los políticos del ayuntamiento a La Potorro. Alvarito no esperó más, cogió el tabaco y el móvil y con un trote elefantino se echó a la calle. Intentó llamar al alcalde, pero éste le cortó la llamada. Seguramente estaba haciendo declaraciones – pensó Alvarito-. Intentó correr, pero no pudo, así que continuó con el trote mostrenco. Esta vez avisaría personalmente al alcalde. Si controlaba bien la situación se despejaría cualquier duda sobre lo honesto de su lealtad para con el regidor. ¡No hay mal que por bien no venga! –se dijo Alvarito-.
Conforme se acercaba al callejón su caminar se hacía más lento y torpe. El sudor le goteaba por la frente, la nariz, el cuello, le recorría toda la espalda empapando la cubana. Tuvo que pararse en un par de ocasiones para recuperar el resuello. Con la vista puesta en la entrada del callejón, no vio que “Tartaria” subía por la cuesta. Desde los arrabales subían los desheredados, los verdaderos creyentes, los que habían ido a curar sus males a la “santa fuente.” Subían con el paso cansino tras una noche muy larga, pero con la determinación de quienes a falta de no conocer la justicia, persiguen la venganza como su última voluntad.
La Toñi encabezaba la marcha. A sus veinte años no pensaba en el futuro – nunca había pensado en el futuro, esa era la verdad-, ni en las consecuencias que le podía acarrear descargar el palo que llevaba sobre los políticos que ahora estaban en el callejón. Sólo pensaba en los tres niños que había dejado “malitos”en el hospital, a cargo de su cuñada, una quinceañera que nunca había tenido muchas luces. La Toñi resoplaba mientras subía la cuesta, con su papada prominente, su enorme barriga, sus amplios muslos y sus tobillos hinchados. El pelo rubio teñido mostraba no solo las raíces negras, también los tallos; pero sobre todo destacaban sus ojeras, de un azul profundo.
La Toñi no pensaba en nada – nunca había pensado en nada, esa era la verdad-, sólo sabía que no tenía un hombre que la defendiera. Ella había sido siempre buena… no se merecía esto. Sólo había tenido problemas con la policía por abrir un coche, pero qué iba a hacer, se lo había propuesto su novio… Ella que siempre había estado guapa para él… hasta que se fue. No tenía ningún hombre que la defendiera, por eso la acompañaba su abuela; codo con codo subían la cuesta, con el mismo ímpetu; cualquiera que no la conociese diría que era su hermana mayor. Junto a ambas, una muchacha menuda, morena, en pijama, llevaba varia barras de pan en una bolsa de cartón. Su situación, en primera línea, demostraba que no era la encargada de la intendencia, sino que la leva vecinal le había pillado en la panadería. Tras ellas, otras tantas mujeres mofletudas, con finas batas negras y grises, y muchachos morenos con el torso desnudo, el pelo corto peinado con cresta, teñido de rubio, y menos agallas que las tres mujeres que abrían la partida.
Cuando Alvarito entró en el callejón llevaba la cubana empapada. Se agachó posando sus manos sobre las rodillas. Alzó un brazo para llamar la atención del alcalde y del grupo que le rodeaba.
- ¡Señor, señor! – gritó Alvarito desde lejos-, pero don Ramiro no le miraba a él, miraba por encima de él. Alvarito miró hacia atrás.
-¡Dios santo! – exclamó Alvarito -, pero su voz quedó ahogada por los gritos y el ruido de las carreras que comenzaron a retumbar en el callejón… en el callejón del Agua, el mismo en el que al niño Periquín se le apareció la Virgen.
(Se acabó)

miércoles, 26 de agosto de 2009

Casi el 70% de los trabajadores andaluces es mileurista


Llevamos casi un año inmersos en una de las mayores crisis mundiales generadas por la avaricia lujuriosa de los altos directivos de los bancos y las multinacionales. Al inicio de la crisis, los grandes augures de la economía vaticinaban el fin de una era, el final del capitalismo salvaje, que ya no volvería más. Después de un año, ¿qué ha cambiado? Algo sí, ingentes cantidades de dinero público en todos los países han cambiado de manos para salvar a las empresas privadas y otro tanto al socorro de los desempleados. ¿Cuáles son las medidas que harán que esta crisis, que aún no ha acabado, no se vuelva a repetir?
Las únicas propuestas que se escuchan son las que realizan los herederos del fascismo, que hablan de “reforma”, sin concretar nada, aunque todos sabemos que lo único que proponen es abaratar el despido y moderación salarial. Abaratar el despido en un país como España con cerca de cuatro millones de parados y donde el 63% de los trabajadores son mileuristas; es decir, cobran menos de 1.100 euros al mes antes de impuestos. Eso si nos referimos a España, porque si es a Andalucía, el porcentaje alcanza el 69%. 16,3 millones de trabajadores españoles cobra menos de 13.400 euros brutos al año. ¿De qué estamos hablando? ¿Qué moderación salarial? ¿Qué despido libre? Repito, ¿cuáles son las medidas que se están adoptando para que no vuelva a darse una crisis de capitalismo salvaje como la actual? ¿Dónde están los augures del futuro económico?
Mientras las crisis las sigan pagando los trabajadores…

domingo, 23 de agosto de 2009

Arrastrando otra vez el nombre de España


El Partido Popular piensa llevar al Tribunal Europeo de Derechos Humanos las escuchas de la policía a sus delincuentes. Que lo hagan, pero que no ensucien más el nombre de España en el exterior asegurando que el Estado persigue a un determinado partido político. Hay otras formas de hacer campaña. En Europa ya tienen experiencia de las mentiras del PP, como en los tentados integristas del 11-M, con resolución de condena a ETA incluida - siempre condenable-, para tratar de no perder las elecciones. En fin, piensa el ladrón que todos son de su condición. Mentiras y Gordas, las de la señora De Cospedal, que sabe que cuanto más grande es una mentira, más fácil es de creer.

sábado, 22 de agosto de 2009

Una aparición mariana IX


A las seis de la mañana dos operarios del servicio de limpieza comenzaban a verter la segunda cisterna de treinta mil litros de agua potable en la esquina norte del solar contiguo a la esquina del Callejón del Agua, lo que hacían sin a penas ruido, sin bajarse de la cabina, con las luces del camión apagadas y las caras ocultas tras el nuevo catálogo de Audi.
-¿Qué pensaría el camarada Durruti? – se preguntó el conductor de la cuba, militante de un sindicato anarquista, al contemplar por la ventanilla aquel riego a manta del vertedero en el que se había convertido el solar. Bueno… en todo caso era de la C.N.T. – se consoló-.
Tras el muro del callejón, sobre el barro de la vieja acequia, comenzaba a fluir un manantial de agua cristalina, un moderno milagro que ningún sindicato iba a denunciar.
Con las primeras luces del día, el manantial fluía cantarín, lo que no pasó inadvertido para los primeros transeúntes que pasaron camino del mercado de abastos.
Se había obrado el milagro. De la tierra reseca manaba ahora agua. El niño Periquín observaba aterrado cómo esas gentes enlutadas que el día anterior habían intentado inmolarle, se iban concentrando en la calle, como una bandada de cuervos se arracima junto a un cadáver.
- Madre, tengo miedo- dijo el chaval.
- Apártate de la ventana y no salgas exigió la madre.
Los murmullos sobre el milagro semejaban una letanía, aunque para Periquín había algo de maligno en todo aquel runrún.
A primera hora de la mañana el callejón estaba lleno de gente, pero el ambiente era tranquilo; no se atisbaba policía alguno en el horizonte y en la cuesta los coches circulaban con cierta fluidez.
Por la acera, torpemente, avanzaba una mujer de edad indefinida, extremadamente delgada, con la piel ajada y la cara surcada de arrugas. Un matojo de pelo sudoroso, que más parecía un mocho de fregona teñido de rubio, cubría su rostro. Resoplaba la pobre mujer y maldecía a media voz, mientras trataba de hacer avanzar una silla de ruedas. Impulsaba la silla de ruedas apoyando ora las manos en la pared, ora un largo palo en el suelo, a modo de barquero de la albufera; todo porque aquel sodomita [traducción libre] del Pepe no había conseguido una silla en condiciones, sino una de ruedas bajas, de las que se utilizan para impedidos que no pueden valerse por sí mismos.
“La Potorro” llegó rezongando sin resuello hasta la entrada del callejón. Los pendientes de coral y los anillos y collares de oro eran la prueba evidente de que no era una yonqui en sus últimos estertores, y sus uñas, rojas y largas evidenciaban también que llevaba años sin darle un palo al agua.
- ¡Joputa! – fue lo único que dijo al entrar en el callejón -. Dejó qu la silla rodase lentamente por la pendiente para mezclarse entre la gente y situarse en un segundo plano; y acertó con la protección que le ofrecía la estructura metálica de la silla a hacerse un hueco junto al muro. Echó los frenos. Allí, el discurrir del agua proporcionaba cierto frescor, que le calmó un poco los ánimos, como los había calmado a la población el discurrir del tráfico con normalidad desde la noche anterior. Una noche de insomnio a causa del calor, mitigado en las terrazas de los bares por la animosa charla sobre la aparición de la Virgen, la cantidad de veces que la ciudad había salido en televisión, y lo mal que lo estaba haciendo el gobierno municipal, comentario predilecto hasta de los propios votantes del señor alcalde. No era pues de extrañar que el cansancio acumulado hubiera temperado el ánimo de las personas que se estaban congregando ante el lugar de la aparición, y que la falta de organización y de liderazgo en la concentración mostrara sólo corrillos indecisos ante una manifestación tan palpable de un milagro mariano como era aquel surtidor inagotable de agua que brotaba de debajo de la tierra y que llenaba la acequia como en los días de lluvia intensa.
Ensimismados en sus rezos y en sus abluciones, andaba la gente, sin prestar atención mas que al bienestar que les proporcionaba el agua del manantial, cuando apareció el furgón de un programa de televisión matutino que había decidido realizar buena parte del espacio desde el santo lugar.
El desmontaje de trípodes, cámaras y cables distrajo un tanto a los fieles de sus rezos, y atrajo aún a más curiosos que ahora tenían un motivo más para pasar por el callejón.
- ¿Van a ponernos la luz? – preguntó un anciano en camiseta, al ver los enormes carretes de cables de goma que los técnicos de la televisión esparcían por el suelo.
Los técnicos no dijeron nada, por lo que el viejo dedujo que el callejón seguiría siendo una boca de lobo por las noches.
Sobre las diez de la mañana, el equipo estaba montado y listo para realizar la primera conexión. La Potorro también lo estaba.
Cuando el regidor dio el “¡dentro!” y una presentadora, rubia platino, empezó a hablar, junto a la tapia del callejón se comenzaron a oír grandes voces.
La Potorro le había pedido a un niño que le diera agua con un vaso, y nada más beber un sorbo, comenzó a lanzar gritos para llamar la atención.
- ¡Ay, ay, ay! – gritaba La Potorro desde su silla, hasta que se formó un corro a su alrededor. Entonces, cuando el equipo de televisión comenzó a prestarle atención, La Potorro se irguió sobre los reposapiés de la silla, con los ojos saliéndoseles de las órbitas, y el brazo derecho, nervudo, alzado, con la palma de la mano vuelta hacia el rostro. La silla cayó hacia atrás, pero ella se mantuvo en pie. A punto estuvo de decir, - ¡Veo, veo! -, pero recordó que su discapacidad era otra, así que se mantuvo en silencio unos segundos. Dio unos torpes pasos, mientras mantenía la tensión en su mano, que parecía una garra agitada al viento. El temblor de aquel brazo que se alzaba victorioso hacía tintinear las pulseras y brazaletes de oro.
Los cámaras se acercaron corriendo. La Potorro miraba al cielo. Se sentía inmensa. Era la Lola. ¡La Lola de España reencarnada en La Potorro! La Potorro puso un rictus indescifrable en su cara; tensa, con la boca entreabierta. El Pepe le había dicho que tenía que expresar un trance, tenía que llegar a un clímax espiritual y ella acababa de llegar al orgasmo.
- ¡Puedo andar!- gritó, con la voz rota de madrugadas al relente y aguardiente de orujo, y se desplomó.
El televisor mostraba el cuerpo de una mujer contrahecha, con todas sus vértebras marcadas bajo una camiseta de tirantes amarilla que hacía resaltar su piel morena, seca y arrugada.
Pepe Rodríguez pensó que era imposible que reconociesen a La Potorro; una mujer que en su juventud había sido generosa en carnes y en dispensar favores en la venta “El Manco”, camino de Antequera.
Qué distinta era aquella piel y aquellos huesos que ahora yacían en el suelo, mientras reptaban con la cabeza erguida; en un escorzo que La potorro consideró cargado de dramatismo. La Potorro hizo un ímprobo esfuerzo para ponerse en pie. Los zapatos morados de tacón de aguja ayudaron a que el efecto fuera muy real. Al final La Potorro apareció ante las cámaras en todo su esplendor. El pelo rubio pegado a la cara dejaba ver unos ojos verde marihuana, con los rabillos pintados en negro y los párpados violáceos. Los labios rojos, finos, hirientes. La piel morena, seca, cuarteada. Bajo la camiseta, apenas dos ñoras se deslizaban hacia el vientre. Bajo su cintura, un pantalón vaquero, sucio, no dejaba adivinar nada; y en sus pies, los zapatos morados de charol, que brillaban con los rayos del sol. ¡Sin duda era una estrella!
En la Alcaldía Alvarito tomaba notas al dictado para el comunicado que informaría al mundo de la decisión del alcalde de construir una ermita en el solar municipal. Alvarito tomaba notas nervioso, porque no sabía taquigrafía y el alcalde tenía hoy prisa, pues quería aprovechar la presencia de la televisión para lanzar su anuncio a los cuatro vientos. Mientras, en el televisor, La Potorro contaba con pelos y señales su azarosa vida. Tras ella una multitud pasaba como una cadena humana junto a la tapia del callejón. Hacían cola, bebían agua, se santiguaban frente al cámara para salir en directo, y continuaban su camino.
- ¡La peregrinación ha comenzado! – pensó Pepe Rodríguez, sin prestar atención a las declaraciones de La Potorro, que ahora mostraba partes de su cuerpo para enseñar las cicatrices del terrible accidente que la había postrado en una silla de ruedas. Tampoco prestaba atención a la silla de ruedas caída sobre la acequia, en cuyo respaldo se podía leer escrito en rotulador, “MATERNAL”. Pero lo que Pepe Rodríguez no habría podido ver aunque hubiera prestado atención era la película grasa de color negro que se estaba formando en el respaldo de la silla, conforme la iba bañando el agua…


(Continuará... para finlizar en la próxima entrega)

jueves, 13 de agosto de 2009

Una aparición mariana VIII (Junta de Gobierno Local Extraordinaria)


Benito se sirvió una copa de oloroso de un barrilito que tenía en el despacho – para promocionar los vinos del Marco, decía-; abrió una bolsita de almendras, y se quedó mirando a la pared de enfrente. Ni siquiera había decorado el despacho a su gusto. Había tenido tiempo, pero le pareció “incívico” gastar el dinero que habían empleado algunos de sus compañeros en sillas y mesas de diseño. Además, aquellos mapas colgados en la pared, junto a las fotos antiguas de la ciudad que habían dejado sus predecesores, daban al despacho un cierto aire de puesto de mando que a él le gustaba.
Benito de Soto apuró la copa, cogió el teléfono y le dijo a su secretaria que se marchara a casa, que no iba a necesitar más de sus servicios. Lo dijo con cierto tono de despedida que Carmen, la secretaria, no supo adivinar.
Descolgó la chaqueta del perchero. Abrió la puerta, y echó una desalentada mirada al mobiliario.
A las dos de la tarde el sol caía a plomo sobre los hombros de Benito, que caminaba abatido por las calles hacia el ayuntamiento. La mirada fija en el suelo, para no ver a las decenas de funcionarios que salían a esa hora, gracias al horario de verano, y que a buen seguro ya estaban haciendo apuestas sobre su futuro. La vista en el pavimento también le impidió ver las hileras de coches con el motor apagado sobre la calzada.
Benito agradeció un tanto entrar en el viejo edificio consistorial. Sus altos techos y grandes muros proporcionaban un agradable frescor.
Sólo un ujier permanecía sentado en una mesa a las puertas de la Sala de Juntas.
- Buenas tardes don Benito.
- Buenas tardes.
Benito de Soto abrió la puerta.
- ¡ Hombre, el Beni! – dijo el alcalde al verle entrar-. El resto de los miembros de la Junta ya habían llegado y se habían sentado en torno a la mesa oval. Una mesa de caoba que había ido a parar al ayuntamiento como donación en los años setenta, tras un cambio en la decoración de uno de los cortijos de una familia “bien” de la ciudad. Estaba claro que aquella mesa, y los dos toros de bronce que en su día la adornaron, no habría cabido en ninguno de los modernos chalés que se construyeron en aquellos años emulando los diseños de la “Sierra Rica” de Madrid.
- Beni, Beni, Beni. ¿Qué voy a hacer contigo? – dijo don Ramiro, el alcalde socialista de la villa -.
Don Ramiro era un “histórico” del socialismo de la ciudad, que había vuelto a España tras la muerte de Franco, y tras estudiar Económicas en el Reino Unido, porque como a Ricardo Bofill, un dictador “no le iba a firmar el título”. Ya tenía bastante con llamarse Ramiro, único nombre de la familia, que le impuso su padre, no se sabe muy bien si por devoción al ínclito pensador español, Ramiro de Maeztu, o a Ramiro Ledesma.
- Señor… la cosa se ha “desmandao…” un poco.
(Es de admirar el sumo respeto con el que parte de los concejales traban a don Ramiro, sobre todo, aquellos que habían sido escogidos entre la “cuota popular”, para dar una vis… campechana a la lista electoral – que era la mayoría -. )

- ¡Un poco! ¡He tenido que pedir personalmente a la Guardia Civil que descongestione el tráfico!
- Pero señor… mi gente…
- ¿Tu gente!
El resto de los concejales de la Junta mantenía la cabeza gacha, como colegiales.
- Por cierto, ¿han evacuado a los heridos?
- Creo que sí.
- ¡Crees que sí! ¡Eso qué significa!
- Pues, como no me han llamado para decirme lo contrario… supongo que sí.
- ¡Benito, te dije que ni te molestases en volver si no me solucionabas lo de los heridos!
- Es que… estaba la reunión…
- ¡Es que mierda! ¡Es que no piensas! – aseguraba don Ramiro apuntando con un dedo amenazador a Benito. Don Ramiro no pudo continuar porque el Jefe de Prensa abrió en ese momento la puerta. Alvarito, un hombre todavía joven, de generosa cintura, piel grasosa y pelo repeinado hacia atrás, estaba en la puerta con la cabeza erguida y la vista al frente. La enorme papada y la cubana que vestía desde que accedieran al poder los socialistas – ningún socialista llevaba cubana - , le hacían parecer mayor.
- Señor alcalde, creo que sería recomendable que pusiera usted la televisión, dijo Alvarito, incapaz de hablar sin grandes rodeos, algo que según creía, le daba cierto aire enigmático.
- Ponga usted la televisión.
Alvarito desplazó su voluminosa humanidad por la sala con toda naturalidad. De hecho, en otros tiempos había correteado por los pasillos del consistorio y jugado al escondite en sus numerosos armarios. Al cabo de los años, Alvarito fue a parar al ayuntamiento, no se sabe muy bien cómo; tras, según dicen, obtener una titulación superior en Sevilla y sufrir una mudanza el sino de la fortuna familiar.
Cuando Alvarito puso el televisor, Antena 3 entrevistaba en directo a una devota de la “Virgen del Callejón”. Más bien, el reportero sostenía el micrófono mientras la devota, en lugar de contestar a las preguntas, se limitaba a repetir, “qué agua tan fresca…” todo ello aderezado con imágenes aéreas del atasco y planos al hombro del callejón. Aquel “montaje” de imágenes y aquella atmósfera irreal hacían irreconocible la ciudad, que más parecía la Franja de Gaza.
- ¡Yo te mato, Benito!
- Yo.. señor…
- ¡Es genial! – interrumpió Pepe Rodríguez, concejal de Deportes.
- ¡Genial, el qué? – prorrumpió don Ramiro.
Pepe Rodríguez le pidió a Alvarito que bajara el volumen del televisor y que saliera de la Sala de Juntas.
- ¿Es que no lo veis? – preguntó el concejal de Deportes con su amplia sonrisa; con la que durante años había representado artículos de joyería, bisutería y regalos por toda la provincia de Cádiz. La delegación de Deportes le vino en parte por su dedicación a la joyería y a los artículos de regalo, ya que había conseguido que “Farco” patrocinara al equipo cadete de fútbol sala femenino, en el que militaba su sobrina; un equipo que no tenía más seguidores que algunos hombres de mediana edad que recorrían la provincia acompañando a sus “sobrinas…” menores de edad.
Los concejales miraron curiosos a Pepe Rodríguez.
- ¿No lo veis? ¡Adiós a la crisis! ¡Adiós al paro! ¿Sabéis lo que significa una peregrinación desde todas partes del mundo a ese jodido callejón?
-¿Qué coño…? – dijo don Ramiro, mientras entornaba los ojos al mirar a Pepe Rodríguez -.
- Además, el solar es nuestro. [del ayuntamiento] El solar, junto al muro, es equipamiento público. ¡Podemos construir una ermita!
- Se te ha ido del todo… - dijo Ana, la delegada de Servicios Sociales, trabajadora social, feminista, lesbiana, y la única que nunca tuvo que acreditar su credo socialista.
- No, haremos una ermita, y un centro de interpretación o algo así, y una joyería, y una tienda de regalos y un restaurante…
- ¡Y una guarnicionería con artículos de piel!
- ¡Benito! – exclamó el alcalde -. Por ahora sólo tenemos un follón.
- ¡Dejádmelo a mí! – dijo Pepe Rodríguez -. ¡Obraré milagros!



(Continuará)

sábado, 8 de agosto de 2009

Denuncia que algo queda...

Ya hace más de cuarenta y ocho horas que la Sra. Dolores De Cospedal acusó al Gobierno de utilizar a las fuerzas del orden para realizar escuchas ilegales; de convertir a España en un estado policial; en definitiva, de pervertir las instituciones y hacer saltar por los aires el estado democrático. O la secretaria general del PP denuncia, o hay que pedir su dimisión en cada comparecencia. Como siempre en el PP, cuando se atisba la posibilidad de una victoria se da rienda suelta, y el freno no aprieta la lengua de algunos...

viernes, 7 de agosto de 2009

Proletarios del mundo, uníos


Ningún conspicuo periodista de la ciudad se ha preguntado por qué un sindicato de clase, anarquista, como es la C. G. T, se ha lanzado a defender los intereses de los altos directivos, que ya no dirigen nada, en el ayuntamiento de Jerez.
Pues no, no se lo han preguntado. Estamos en verano, y siempre es mejor recoger los anuncios de querellas por prevaricación contra la alcaldesa que indagar qué hacen, y por qué cobran algunos en el consistorio jerezano sueldos de sesenta mil a cien mil euros. Y añado, ¿hacían algo antes de cesar en sus funciones? Es más, ¿tenían algún título que les habilitase para ejercer la función que se les encomendaba? Unos sí… otros, evidentemente no, pero ahí siguen. Por cierto, cuentan las malas lenguas que los recortes van a llegar a los asesores, pero no por el Plan de Saneamiento, sino por aquello de, “donde las dan las toman”. Ya veremos en qué acaba todo esto.

jueves, 6 de agosto de 2009

Una aparición mariana VII


La suerte estaba echada. El sargento lo sabía. El escuadrón había cargado contra una multitud enfebrecida, en un lugar donde no tenía salida, así que entre la histeria colectiva y la imposibilidad de escapar, la masa había atacado, y lo que es peor, ¡había ganado! Ahora ya nadie los movería de allí sin tener que pagar un alto precio.
Varios agentes arrastraban al oficial por los brazos mientras intentaba protegerse de los golpes que arreciaban por todas partes, desandando el camino hacia la retaguardia.
- ¡Guarda esa pistola, Martínez… me cago en Dios! – gritó el sargento a uno de los agentes, que harto de mamporros había desenfundado su arma.
La visión de la pistola, o el simple hecho de nombrarla a voz en grito, tuvo un efecto de contención entre los atacantes, que se limitaron a formar un cerco en tornos al grupo de rescate y al oficial, que completamente desorientado, balbucía algunas palabras sin sentido desde el suelo.
Con grandes esfuerzos, los agentes consiguieron llevar al oficial hasta la entrada del callejón, que de forma tácita había quedado establecido como límite territorial para las escaramuzas; no se sabe muy bien por qué, porque la multitud bien habría podido hacer retroceder a la policía hasta los confines de la ciudad.
Desde la entrada del callejón , desde lo alto, el cámara y el redacto de la productora contemplaban atónitos el resultado de la carga, que de hecho no había sido incruenta. Varias mujeres entradas en años y en carnes yacían en el suelo; algunas ensangrentadas, otras, con las cabezas apoyadas en los regazos de sus hijas o amigas, que lanzaban alaridos desgarradores, al borde de la desesperación. Pero junto al muro había otras personas arrodilladas dedicadas a lo que parecía, ¡comer barro!
- ¿Qué ha pasado aquí? – preguntó el redactor a una señora sin cuello que pasó a su lado, rezando, sin prestarle atención.
- Tú graba, tío, que ya nos enteraremos…
En el coche patrulla el sargento cogió la radio: “tenemos varios heridos. El escuadrón ha fracasado, repito, ha fracasado.”
En el callejón, el redactor cogió el móvil…
Benito de Soto cogió el teléfono, lívido. Ahora tenía varios caballos de su escuadrón deambulando solos por la ciudad; tres agentes heridos a los que no podía evacuar a causa de un atasco monumental, y una multitud sedienta de sangre, que se había hecho fuerte en una de las calles de la ciudad y que se comportaba de forma anormal, comiendo barro y dándose golpes de pecho. ¿Qué más podía pasar? - se preguntó Bentio de Soto.
Sonó el móvil.
- Sí. ¿Señor alcalde! Sí, si… Yo, yo… ¡Sí señor! ¿Señor…?
El señor alcalde había colgado. Había convocado una junta local extraordinaria y urgente y, le había ordenado que evacuase inmediatamente a los heridos o, que de lo contrario, ¡ni se molestase en recoger sus cosas!
Benito llamó al 112 para pedir un helicóptero. Se quedó sentado mirando el escritorio; la foto de su mujer. Qué orgullosa se había mostrado cuando lo eligieron concejal. Por primera vez en años no fue a la academia de peluquería, sino a Ramón y Tono, para acudir al pleno de investidura. Qué guapa estaba sentada entre los invitados… con aquella flor dorada y roja pinchada en el hombro. “De grana y oro, para ti, torero mío”, le había dicho aquella mañana.
Benito tenía la cabeza hundida entre las manos, con los codos apoyados en la mesa.
¿Qué podía hacer? La verdad es que no se le ocurría nada. Nunca se le ocurría nada, salvo lo del escuadrón…
El ruido de un rotor interrumpió sus pensamientos. Sí que son rápidos estos del 112 – se dijo, y se acercó a mirar por la ventana. Sobre los tejados de la ciudad un helicóptero de Antena 3 tomaba imágenes del atasco.
- ¡Válgame el cielo!
(Continuará...)
(Prometo que el argumento lo tengo. Sólo me hace falta tiempo para escribir)