sábado, 22 de agosto de 2009

Una aparición mariana IX


A las seis de la mañana dos operarios del servicio de limpieza comenzaban a verter la segunda cisterna de treinta mil litros de agua potable en la esquina norte del solar contiguo a la esquina del Callejón del Agua, lo que hacían sin a penas ruido, sin bajarse de la cabina, con las luces del camión apagadas y las caras ocultas tras el nuevo catálogo de Audi.
-¿Qué pensaría el camarada Durruti? – se preguntó el conductor de la cuba, militante de un sindicato anarquista, al contemplar por la ventanilla aquel riego a manta del vertedero en el que se había convertido el solar. Bueno… en todo caso era de la C.N.T. – se consoló-.
Tras el muro del callejón, sobre el barro de la vieja acequia, comenzaba a fluir un manantial de agua cristalina, un moderno milagro que ningún sindicato iba a denunciar.
Con las primeras luces del día, el manantial fluía cantarín, lo que no pasó inadvertido para los primeros transeúntes que pasaron camino del mercado de abastos.
Se había obrado el milagro. De la tierra reseca manaba ahora agua. El niño Periquín observaba aterrado cómo esas gentes enlutadas que el día anterior habían intentado inmolarle, se iban concentrando en la calle, como una bandada de cuervos se arracima junto a un cadáver.
- Madre, tengo miedo- dijo el chaval.
- Apártate de la ventana y no salgas exigió la madre.
Los murmullos sobre el milagro semejaban una letanía, aunque para Periquín había algo de maligno en todo aquel runrún.
A primera hora de la mañana el callejón estaba lleno de gente, pero el ambiente era tranquilo; no se atisbaba policía alguno en el horizonte y en la cuesta los coches circulaban con cierta fluidez.
Por la acera, torpemente, avanzaba una mujer de edad indefinida, extremadamente delgada, con la piel ajada y la cara surcada de arrugas. Un matojo de pelo sudoroso, que más parecía un mocho de fregona teñido de rubio, cubría su rostro. Resoplaba la pobre mujer y maldecía a media voz, mientras trataba de hacer avanzar una silla de ruedas. Impulsaba la silla de ruedas apoyando ora las manos en la pared, ora un largo palo en el suelo, a modo de barquero de la albufera; todo porque aquel sodomita [traducción libre] del Pepe no había conseguido una silla en condiciones, sino una de ruedas bajas, de las que se utilizan para impedidos que no pueden valerse por sí mismos.
“La Potorro” llegó rezongando sin resuello hasta la entrada del callejón. Los pendientes de coral y los anillos y collares de oro eran la prueba evidente de que no era una yonqui en sus últimos estertores, y sus uñas, rojas y largas evidenciaban también que llevaba años sin darle un palo al agua.
- ¡Joputa! – fue lo único que dijo al entrar en el callejón -. Dejó qu la silla rodase lentamente por la pendiente para mezclarse entre la gente y situarse en un segundo plano; y acertó con la protección que le ofrecía la estructura metálica de la silla a hacerse un hueco junto al muro. Echó los frenos. Allí, el discurrir del agua proporcionaba cierto frescor, que le calmó un poco los ánimos, como los había calmado a la población el discurrir del tráfico con normalidad desde la noche anterior. Una noche de insomnio a causa del calor, mitigado en las terrazas de los bares por la animosa charla sobre la aparición de la Virgen, la cantidad de veces que la ciudad había salido en televisión, y lo mal que lo estaba haciendo el gobierno municipal, comentario predilecto hasta de los propios votantes del señor alcalde. No era pues de extrañar que el cansancio acumulado hubiera temperado el ánimo de las personas que se estaban congregando ante el lugar de la aparición, y que la falta de organización y de liderazgo en la concentración mostrara sólo corrillos indecisos ante una manifestación tan palpable de un milagro mariano como era aquel surtidor inagotable de agua que brotaba de debajo de la tierra y que llenaba la acequia como en los días de lluvia intensa.
Ensimismados en sus rezos y en sus abluciones, andaba la gente, sin prestar atención mas que al bienestar que les proporcionaba el agua del manantial, cuando apareció el furgón de un programa de televisión matutino que había decidido realizar buena parte del espacio desde el santo lugar.
El desmontaje de trípodes, cámaras y cables distrajo un tanto a los fieles de sus rezos, y atrajo aún a más curiosos que ahora tenían un motivo más para pasar por el callejón.
- ¿Van a ponernos la luz? – preguntó un anciano en camiseta, al ver los enormes carretes de cables de goma que los técnicos de la televisión esparcían por el suelo.
Los técnicos no dijeron nada, por lo que el viejo dedujo que el callejón seguiría siendo una boca de lobo por las noches.
Sobre las diez de la mañana, el equipo estaba montado y listo para realizar la primera conexión. La Potorro también lo estaba.
Cuando el regidor dio el “¡dentro!” y una presentadora, rubia platino, empezó a hablar, junto a la tapia del callejón se comenzaron a oír grandes voces.
La Potorro le había pedido a un niño que le diera agua con un vaso, y nada más beber un sorbo, comenzó a lanzar gritos para llamar la atención.
- ¡Ay, ay, ay! – gritaba La Potorro desde su silla, hasta que se formó un corro a su alrededor. Entonces, cuando el equipo de televisión comenzó a prestarle atención, La Potorro se irguió sobre los reposapiés de la silla, con los ojos saliéndoseles de las órbitas, y el brazo derecho, nervudo, alzado, con la palma de la mano vuelta hacia el rostro. La silla cayó hacia atrás, pero ella se mantuvo en pie. A punto estuvo de decir, - ¡Veo, veo! -, pero recordó que su discapacidad era otra, así que se mantuvo en silencio unos segundos. Dio unos torpes pasos, mientras mantenía la tensión en su mano, que parecía una garra agitada al viento. El temblor de aquel brazo que se alzaba victorioso hacía tintinear las pulseras y brazaletes de oro.
Los cámaras se acercaron corriendo. La Potorro miraba al cielo. Se sentía inmensa. Era la Lola. ¡La Lola de España reencarnada en La Potorro! La Potorro puso un rictus indescifrable en su cara; tensa, con la boca entreabierta. El Pepe le había dicho que tenía que expresar un trance, tenía que llegar a un clímax espiritual y ella acababa de llegar al orgasmo.
- ¡Puedo andar!- gritó, con la voz rota de madrugadas al relente y aguardiente de orujo, y se desplomó.
El televisor mostraba el cuerpo de una mujer contrahecha, con todas sus vértebras marcadas bajo una camiseta de tirantes amarilla que hacía resaltar su piel morena, seca y arrugada.
Pepe Rodríguez pensó que era imposible que reconociesen a La Potorro; una mujer que en su juventud había sido generosa en carnes y en dispensar favores en la venta “El Manco”, camino de Antequera.
Qué distinta era aquella piel y aquellos huesos que ahora yacían en el suelo, mientras reptaban con la cabeza erguida; en un escorzo que La potorro consideró cargado de dramatismo. La Potorro hizo un ímprobo esfuerzo para ponerse en pie. Los zapatos morados de tacón de aguja ayudaron a que el efecto fuera muy real. Al final La Potorro apareció ante las cámaras en todo su esplendor. El pelo rubio pegado a la cara dejaba ver unos ojos verde marihuana, con los rabillos pintados en negro y los párpados violáceos. Los labios rojos, finos, hirientes. La piel morena, seca, cuarteada. Bajo la camiseta, apenas dos ñoras se deslizaban hacia el vientre. Bajo su cintura, un pantalón vaquero, sucio, no dejaba adivinar nada; y en sus pies, los zapatos morados de charol, que brillaban con los rayos del sol. ¡Sin duda era una estrella!
En la Alcaldía Alvarito tomaba notas al dictado para el comunicado que informaría al mundo de la decisión del alcalde de construir una ermita en el solar municipal. Alvarito tomaba notas nervioso, porque no sabía taquigrafía y el alcalde tenía hoy prisa, pues quería aprovechar la presencia de la televisión para lanzar su anuncio a los cuatro vientos. Mientras, en el televisor, La Potorro contaba con pelos y señales su azarosa vida. Tras ella una multitud pasaba como una cadena humana junto a la tapia del callejón. Hacían cola, bebían agua, se santiguaban frente al cámara para salir en directo, y continuaban su camino.
- ¡La peregrinación ha comenzado! – pensó Pepe Rodríguez, sin prestar atención a las declaraciones de La Potorro, que ahora mostraba partes de su cuerpo para enseñar las cicatrices del terrible accidente que la había postrado en una silla de ruedas. Tampoco prestaba atención a la silla de ruedas caída sobre la acequia, en cuyo respaldo se podía leer escrito en rotulador, “MATERNAL”. Pero lo que Pepe Rodríguez no habría podido ver aunque hubiera prestado atención era la película grasa de color negro que se estaba formando en el respaldo de la silla, conforme la iba bañando el agua…


(Continuará... para finlizar en la próxima entrega)

4 comentarios:

  1. Se ha cansado de leer mi amigo Alfonso!! jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. besos

    ResponderEliminar
  2. jajaj qué va, en absoluto :) jaja espero a ver el final jj :)

    ResponderEliminar
  3. Sólo una entrega, lo prometo. Todo lo que iba a suceder lo tenía en mente, pero nunca creí que se iba a alargar tanto. Gracias por soportarlo.

    ResponderEliminar