jueves, 6 de agosto de 2009

Una aparición mariana VII


La suerte estaba echada. El sargento lo sabía. El escuadrón había cargado contra una multitud enfebrecida, en un lugar donde no tenía salida, así que entre la histeria colectiva y la imposibilidad de escapar, la masa había atacado, y lo que es peor, ¡había ganado! Ahora ya nadie los movería de allí sin tener que pagar un alto precio.
Varios agentes arrastraban al oficial por los brazos mientras intentaba protegerse de los golpes que arreciaban por todas partes, desandando el camino hacia la retaguardia.
- ¡Guarda esa pistola, Martínez… me cago en Dios! – gritó el sargento a uno de los agentes, que harto de mamporros había desenfundado su arma.
La visión de la pistola, o el simple hecho de nombrarla a voz en grito, tuvo un efecto de contención entre los atacantes, que se limitaron a formar un cerco en tornos al grupo de rescate y al oficial, que completamente desorientado, balbucía algunas palabras sin sentido desde el suelo.
Con grandes esfuerzos, los agentes consiguieron llevar al oficial hasta la entrada del callejón, que de forma tácita había quedado establecido como límite territorial para las escaramuzas; no se sabe muy bien por qué, porque la multitud bien habría podido hacer retroceder a la policía hasta los confines de la ciudad.
Desde la entrada del callejón , desde lo alto, el cámara y el redacto de la productora contemplaban atónitos el resultado de la carga, que de hecho no había sido incruenta. Varias mujeres entradas en años y en carnes yacían en el suelo; algunas ensangrentadas, otras, con las cabezas apoyadas en los regazos de sus hijas o amigas, que lanzaban alaridos desgarradores, al borde de la desesperación. Pero junto al muro había otras personas arrodilladas dedicadas a lo que parecía, ¡comer barro!
- ¿Qué ha pasado aquí? – preguntó el redactor a una señora sin cuello que pasó a su lado, rezando, sin prestarle atención.
- Tú graba, tío, que ya nos enteraremos…
En el coche patrulla el sargento cogió la radio: “tenemos varios heridos. El escuadrón ha fracasado, repito, ha fracasado.”
En el callejón, el redactor cogió el móvil…
Benito de Soto cogió el teléfono, lívido. Ahora tenía varios caballos de su escuadrón deambulando solos por la ciudad; tres agentes heridos a los que no podía evacuar a causa de un atasco monumental, y una multitud sedienta de sangre, que se había hecho fuerte en una de las calles de la ciudad y que se comportaba de forma anormal, comiendo barro y dándose golpes de pecho. ¿Qué más podía pasar? - se preguntó Bentio de Soto.
Sonó el móvil.
- Sí. ¿Señor alcalde! Sí, si… Yo, yo… ¡Sí señor! ¿Señor…?
El señor alcalde había colgado. Había convocado una junta local extraordinaria y urgente y, le había ordenado que evacuase inmediatamente a los heridos o, que de lo contrario, ¡ni se molestase en recoger sus cosas!
Benito llamó al 112 para pedir un helicóptero. Se quedó sentado mirando el escritorio; la foto de su mujer. Qué orgullosa se había mostrado cuando lo eligieron concejal. Por primera vez en años no fue a la academia de peluquería, sino a Ramón y Tono, para acudir al pleno de investidura. Qué guapa estaba sentada entre los invitados… con aquella flor dorada y roja pinchada en el hombro. “De grana y oro, para ti, torero mío”, le había dicho aquella mañana.
Benito tenía la cabeza hundida entre las manos, con los codos apoyados en la mesa.
¿Qué podía hacer? La verdad es que no se le ocurría nada. Nunca se le ocurría nada, salvo lo del escuadrón…
El ruido de un rotor interrumpió sus pensamientos. Sí que son rápidos estos del 112 – se dijo, y se acercó a mirar por la ventana. Sobre los tejados de la ciudad un helicóptero de Antena 3 tomaba imágenes del atasco.
- ¡Válgame el cielo!
(Continuará...)
(Prometo que el argumento lo tengo. Sólo me hace falta tiempo para escribir)

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