jueves, 13 de agosto de 2009

Una aparición mariana VIII (Junta de Gobierno Local Extraordinaria)


Benito se sirvió una copa de oloroso de un barrilito que tenía en el despacho – para promocionar los vinos del Marco, decía-; abrió una bolsita de almendras, y se quedó mirando a la pared de enfrente. Ni siquiera había decorado el despacho a su gusto. Había tenido tiempo, pero le pareció “incívico” gastar el dinero que habían empleado algunos de sus compañeros en sillas y mesas de diseño. Además, aquellos mapas colgados en la pared, junto a las fotos antiguas de la ciudad que habían dejado sus predecesores, daban al despacho un cierto aire de puesto de mando que a él le gustaba.
Benito de Soto apuró la copa, cogió el teléfono y le dijo a su secretaria que se marchara a casa, que no iba a necesitar más de sus servicios. Lo dijo con cierto tono de despedida que Carmen, la secretaria, no supo adivinar.
Descolgó la chaqueta del perchero. Abrió la puerta, y echó una desalentada mirada al mobiliario.
A las dos de la tarde el sol caía a plomo sobre los hombros de Benito, que caminaba abatido por las calles hacia el ayuntamiento. La mirada fija en el suelo, para no ver a las decenas de funcionarios que salían a esa hora, gracias al horario de verano, y que a buen seguro ya estaban haciendo apuestas sobre su futuro. La vista en el pavimento también le impidió ver las hileras de coches con el motor apagado sobre la calzada.
Benito agradeció un tanto entrar en el viejo edificio consistorial. Sus altos techos y grandes muros proporcionaban un agradable frescor.
Sólo un ujier permanecía sentado en una mesa a las puertas de la Sala de Juntas.
- Buenas tardes don Benito.
- Buenas tardes.
Benito de Soto abrió la puerta.
- ¡ Hombre, el Beni! – dijo el alcalde al verle entrar-. El resto de los miembros de la Junta ya habían llegado y se habían sentado en torno a la mesa oval. Una mesa de caoba que había ido a parar al ayuntamiento como donación en los años setenta, tras un cambio en la decoración de uno de los cortijos de una familia “bien” de la ciudad. Estaba claro que aquella mesa, y los dos toros de bronce que en su día la adornaron, no habría cabido en ninguno de los modernos chalés que se construyeron en aquellos años emulando los diseños de la “Sierra Rica” de Madrid.
- Beni, Beni, Beni. ¿Qué voy a hacer contigo? – dijo don Ramiro, el alcalde socialista de la villa -.
Don Ramiro era un “histórico” del socialismo de la ciudad, que había vuelto a España tras la muerte de Franco, y tras estudiar Económicas en el Reino Unido, porque como a Ricardo Bofill, un dictador “no le iba a firmar el título”. Ya tenía bastante con llamarse Ramiro, único nombre de la familia, que le impuso su padre, no se sabe muy bien si por devoción al ínclito pensador español, Ramiro de Maeztu, o a Ramiro Ledesma.
- Señor… la cosa se ha “desmandao…” un poco.
(Es de admirar el sumo respeto con el que parte de los concejales traban a don Ramiro, sobre todo, aquellos que habían sido escogidos entre la “cuota popular”, para dar una vis… campechana a la lista electoral – que era la mayoría -. )

- ¡Un poco! ¡He tenido que pedir personalmente a la Guardia Civil que descongestione el tráfico!
- Pero señor… mi gente…
- ¿Tu gente!
El resto de los concejales de la Junta mantenía la cabeza gacha, como colegiales.
- Por cierto, ¿han evacuado a los heridos?
- Creo que sí.
- ¡Crees que sí! ¡Eso qué significa!
- Pues, como no me han llamado para decirme lo contrario… supongo que sí.
- ¡Benito, te dije que ni te molestases en volver si no me solucionabas lo de los heridos!
- Es que… estaba la reunión…
- ¡Es que mierda! ¡Es que no piensas! – aseguraba don Ramiro apuntando con un dedo amenazador a Benito. Don Ramiro no pudo continuar porque el Jefe de Prensa abrió en ese momento la puerta. Alvarito, un hombre todavía joven, de generosa cintura, piel grasosa y pelo repeinado hacia atrás, estaba en la puerta con la cabeza erguida y la vista al frente. La enorme papada y la cubana que vestía desde que accedieran al poder los socialistas – ningún socialista llevaba cubana - , le hacían parecer mayor.
- Señor alcalde, creo que sería recomendable que pusiera usted la televisión, dijo Alvarito, incapaz de hablar sin grandes rodeos, algo que según creía, le daba cierto aire enigmático.
- Ponga usted la televisión.
Alvarito desplazó su voluminosa humanidad por la sala con toda naturalidad. De hecho, en otros tiempos había correteado por los pasillos del consistorio y jugado al escondite en sus numerosos armarios. Al cabo de los años, Alvarito fue a parar al ayuntamiento, no se sabe muy bien cómo; tras, según dicen, obtener una titulación superior en Sevilla y sufrir una mudanza el sino de la fortuna familiar.
Cuando Alvarito puso el televisor, Antena 3 entrevistaba en directo a una devota de la “Virgen del Callejón”. Más bien, el reportero sostenía el micrófono mientras la devota, en lugar de contestar a las preguntas, se limitaba a repetir, “qué agua tan fresca…” todo ello aderezado con imágenes aéreas del atasco y planos al hombro del callejón. Aquel “montaje” de imágenes y aquella atmósfera irreal hacían irreconocible la ciudad, que más parecía la Franja de Gaza.
- ¡Yo te mato, Benito!
- Yo.. señor…
- ¡Es genial! – interrumpió Pepe Rodríguez, concejal de Deportes.
- ¡Genial, el qué? – prorrumpió don Ramiro.
Pepe Rodríguez le pidió a Alvarito que bajara el volumen del televisor y que saliera de la Sala de Juntas.
- ¿Es que no lo veis? – preguntó el concejal de Deportes con su amplia sonrisa; con la que durante años había representado artículos de joyería, bisutería y regalos por toda la provincia de Cádiz. La delegación de Deportes le vino en parte por su dedicación a la joyería y a los artículos de regalo, ya que había conseguido que “Farco” patrocinara al equipo cadete de fútbol sala femenino, en el que militaba su sobrina; un equipo que no tenía más seguidores que algunos hombres de mediana edad que recorrían la provincia acompañando a sus “sobrinas…” menores de edad.
Los concejales miraron curiosos a Pepe Rodríguez.
- ¿No lo veis? ¡Adiós a la crisis! ¡Adiós al paro! ¿Sabéis lo que significa una peregrinación desde todas partes del mundo a ese jodido callejón?
-¿Qué coño…? – dijo don Ramiro, mientras entornaba los ojos al mirar a Pepe Rodríguez -.
- Además, el solar es nuestro. [del ayuntamiento] El solar, junto al muro, es equipamiento público. ¡Podemos construir una ermita!
- Se te ha ido del todo… - dijo Ana, la delegada de Servicios Sociales, trabajadora social, feminista, lesbiana, y la única que nunca tuvo que acreditar su credo socialista.
- No, haremos una ermita, y un centro de interpretación o algo así, y una joyería, y una tienda de regalos y un restaurante…
- ¡Y una guarnicionería con artículos de piel!
- ¡Benito! – exclamó el alcalde -. Por ahora sólo tenemos un follón.
- ¡Dejádmelo a mí! – dijo Pepe Rodríguez -. ¡Obraré milagros!



(Continuará)

3 comentarios:

  1. jj yo me parto. Voy a tener que imprimir todos los escritos y recapitular, que historia por Dios ¿tiene final? :-P

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  2. Gracias Alfonso. Sí, sí, tiene final. Ya queda poco.

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  3. A....bueno!!! espero el final amigo!!! mi cariño

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