sábado, 29 de agosto de 2009

Una aparición mariana (X) El desenlace.


La aparición en televisión había sido todo un éxito, pensó don Ramiro, mientras recostaba la cabeza en la almohada. La aparición en televisión, y sobre todo el anuncio de la colocación de una placa para mañana al mediodía en el lugar de la aparición. Una idea muy acertada; a las doce del mediodía, a tiempo para que los programas matinales lo den en directo, y con tiempo suficiente para que los reporteros de las televisiones nacionales puedan enviar las piezas editadas a los informativos de las tres de la tarde.
La aparición de la Virgen había sido un golpe de suerte. Un auténtico milagro en plena crisis. Todo aquel peregrinar de vecinos a cualquier hora del día, con vasos y botellas de agua, pasando por el callejón… y todavía quedaba un largo verano por delante, falto de noticias, sobre todo locales… Esa aparición mariana iba a ocupar día tras día los titulares… había que tener más cuidado con los milagros de Pepe Rodríguez, pero siempre había que confiar en el efecto placebo del “agua bendita”. ¡Todo un verano de visitas, proyectos, reuniones para el diseño del santuario! Sin la oposición de la derecha y sin preocuparse por las cifras del paro, de la caída de las ventas y de la ocupación hotelera, que a buen seguro recibiría los efectos beneficiosos de los milagros de la Virgen muy pronto. En estos pensamientos estaba el señor alcalde mientras miraba a las estrellas a través de la ventana de su habitación.
- ¡El universo nos sonríe, Ramiro!- se dijo el alcalde henchido, mientras repasaba mentalmente el discurso que iba a pronunciar al día siguiente tras la colocación de la placa. Don Ramiro se dejo invadir, satisfecho, por un sueño placentero.
A medianoche La Potorro también estaba mirando las estrellas. Tirada en el patio de la vieja casa de vecinos, no había podido alcanzar el retrete. Tumbada en la cama había sentido un punzante dolor en el bajo vientre. Una puñalada que le subió hasta los riñones y que la había dejado completamente baldada. Un sudor frío había recorrido entonces todo su ser cadavérico. Sólo unas violentas náuseas la arrojaron del camastro y la impulsaron hacia la puerta. Las piernas no la sostenían, y al bajar los escasos cuatro escalones que daban al patio, rodó por las escaleras. Tumbada en el suelo se vio cubierta por un fluido pestilente hasta la cintura. Levantó la cabeza, la giró y vomitó. El vértigo la obligó a apoyar la cabeza contra el suelo mientras su corazón latía: “me muero, me muero, me muero…” con un nudo en la garganta, víctima de la taquicardia. Junto a su cabeza, las macetas del patio distribuidas en distintas alturas bajo una cruz de forja semejaban el exorno floral de un túmulo.
La Potorro alzó la vista a las estrellas, que parpadeaban en el cielo limpio, sin nubes de junio.
También empezaban a parpadear las luces en muchos puntos de la ciudad. De hecho no había una sola casa o un solo edificio que no tuviera una o varias ventanas con la luz encendida; incluido el taller de la joyería Roma. Julio, el joyero estaba todavía trabajando para que la placa estuviera preparada para que el alcalde la pudiera descubrir al día siguiente. No era una labor complicada. En cualquier otro caso habría tardado apenas unos minutos en grabarla, pero el señor alcalde había exigido una placa de tal tamaño, que no había encontrado ninguna en el taller ni en otras joyerías de la ciudad, ni siquiera en sus catálogos comerciales. Anduvo toda la tarde dándole vueltas a la cabeza, hasta que finalmente cayó en la cuenta. Había planchas de gran tamaño en la ciudad, en “La Moderna”, la funeraria que desde los años cuarenta se había caracterizado por ofrecer lo último en lápidas, jarrones y adornos funerarios, o lo más tradicional; de hecho, junto al bronce y al latón, fue la primera funeraria en ofrecer lápidas de acero inoxidable…
Cuando Julio llegó a La Moderna, la encontró como siempre, abierta. En otro tiempo no había sido así, pero desde hacía treinta años ofrecía toda clase de servicios, “para dar el último adiós a sus seres más queridos”. Aquel establecimiento era su última oportunidad. Julio se paró ante la puerta, ante el letrero que decía: “Funeraria La Moderna. Especialidad en lápidas, gran surtido en el interior”. Allí encontró Julio lo que estaba buscando, una lápida de latón prácticamente lisa, con un pequeño marco alrededor de color negro, que semejaba una cruz estilizada – lo que no quedaba mal ya que se trataba de una señal religiosa, discurrió Julio-, que tenía incorporado un pequeño cilindro para flores, ajustable en distintas posiciones.
- No todas las tumbas tienen el mismo tamaño, ni todas las lápidas se sitúan paralelas al suelo- le había comentado con toda seriedad, y haciendo gala de un gran dominio del tema, Antoñito, el encargado de tarde-.
La lápida iba a servir.
A la extraña iluminación que ofrecían los edificios de la ciudad se le sumó una “araña” luminosa cuyas patas confluían en el hospital comarcal. La noche prometía ser larga; larga para todos excepto para don Ramiro, que dormía a pierna suelta, que no había consentido en beber agua de la acequia del callejón ni durante la entrevista en televisión.
- No hay asqueroso que no sea escrupuloso- había pensado La Potorro cuando el alcalde le quitó todo el protagonismo con su anuncio de construir una ermita; momento que, por cierto, aprovechó para desaparecer antes de que las preguntas de los periodistas le hicieran caer en contradicciones o, simplemente, no se acordara de lo que había dicho minutos antes
Cuando el sol asomó por el horizonte, una extraña quietud envolvió a la ciudad. En los arrabales no había movimiento alguno, y que el centro apareciera como una mañana de domingo también le extrañó a don Ramiro, pero estaba demasiado feliz como para preocuparse por la escasez de tráfico.
Cuando llegó al despacho su secretaria le informó que la joyería Roma había llamado para decir que a primera hora colocarían la placa, si es que no quería verla antes.
- Bien, dijo don Ramiro. Llama y que la coloquen, no hay tiempo que perder. La secretaria se encogió de hombros. Dejar colocar una placa en la calle, sin la debida supervisión era una temeridad.
Sobre la mesa del despacho estaban los periódicos del día y los resúmenes de prensa, incluidos los resúmenes de todas y cada una de las noticias emitidas por las diferentes emisoras de radio.
La aparición de la Virgen, el milagro del callejón llenaban las portadas y páginas interiores de los periódicos locales y provinciales. Incluso El mundo ofrecía una entrevista a doble página a un niño asustado, “que estaba jugando con las cosas de Dios cuando se le apareció la Virgen”.
Marisa, la secretaria, volvió a entrar en el despacho con un café y once carpetas de cartón, de distintos colores, con documentos para la firma. Eso podía llevarle toda la mañana ya que don Ramiro leía todos y cada uno de los documentos; incluso los devolvía sin firmar, con correcciones ortográficas para que los rehicieran; eso mantenía alerta a los empleados, pero hoy sólo plasmaría su firma hasta las once y media de la mañana. Había cancelado todas sus citas hasta después de la una. A las once y media había quedado con buena parte de sus concejales para acudir andando hasta el callejón del Agua. Saludaría a todos por la calle y haría su entrada triunfal en el callejón flanqueado por las cámaras de televisión y los fotógrafos. Iba a descubrir una placa, sólo un primer paso para la construcción de su megaproyecto.
La calma era inquietante cuando el grupo de concejales, entre los que se encontraba Pepe Rodríguez y El Beni, con el alcalde a la cabeza, salió del consistorio camino del callejón. Los bares y comercios estaban vacíos; hasta la circulación era fluida en pleno centro de la ciudad. Sólo de vez en cuando algún transeúnte levantaba la mano para saludar a don Ramiro.
A la entrada del callejón estaban los cámaras y redactores de numerosos medios, esperando la llegada del alcalde. Se les reconocía a la legua porque parecía un grupo porque parecía un grupo con permiso penitenciario, pero no era viernes.
En el callejón, una barra metálica sostenía una cortina de terciopelo rojo, y salvo un par de operarios de la joyería Roma no había nadie más.
- Bueno, ¿esperamos un poco por si algún vecino quiere venir a ver el descubrimiento de la placa? – preguntó don Ramiro-.
Los equipos de televisión dijeron que sí, porque no había planos de recurso de donde tirar, y los fotógrafos y redactores dijeron que, “cinco minutos o nos vamos”, con lo cual no hubo acuerdo; ni quien los pusiera de acuerdo, porque Alvarito, el jefe de prensa, se había quedado en el ayuntamiento para controlar si había algún directo como el día anterior… y efectivamente lo había, pero no desde el callejón, sino desde el hospital.
Una televisión nacional informaba de los miles de casos de una extraña enfermedad que estaba azotando a la población. Los pasillos estaban atestados de gente, camillas por doquier y el personal sanitario corriendo de un lugar a otro sin parar. Luego, en primer plano, apareció la imagen de La Potorro. La Potorro estaba sentada en una silla de ruedas, prácticamente inmóvil. Su tez, ayer morena, hoy parecía blanca, macilenta.
- ¡Confesión, confesión! – pedía La Potorro en mitad de un pasillo del hospital, y allí estaba una reportera para confesarla… y confesó.
Alvarito, pese a su enorme humanidad, se puso en pie de un salto. Se quedó mirando la pantalla con la boca abierta, escuchando cómo habían engañado los políticos del ayuntamiento a La Potorro. Alvarito no esperó más, cogió el tabaco y el móvil y con un trote elefantino se echó a la calle. Intentó llamar al alcalde, pero éste le cortó la llamada. Seguramente estaba haciendo declaraciones – pensó Alvarito-. Intentó correr, pero no pudo, así que continuó con el trote mostrenco. Esta vez avisaría personalmente al alcalde. Si controlaba bien la situación se despejaría cualquier duda sobre lo honesto de su lealtad para con el regidor. ¡No hay mal que por bien no venga! –se dijo Alvarito-.
Conforme se acercaba al callejón su caminar se hacía más lento y torpe. El sudor le goteaba por la frente, la nariz, el cuello, le recorría toda la espalda empapando la cubana. Tuvo que pararse en un par de ocasiones para recuperar el resuello. Con la vista puesta en la entrada del callejón, no vio que “Tartaria” subía por la cuesta. Desde los arrabales subían los desheredados, los verdaderos creyentes, los que habían ido a curar sus males a la “santa fuente.” Subían con el paso cansino tras una noche muy larga, pero con la determinación de quienes a falta de no conocer la justicia, persiguen la venganza como su última voluntad.
La Toñi encabezaba la marcha. A sus veinte años no pensaba en el futuro – nunca había pensado en el futuro, esa era la verdad-, ni en las consecuencias que le podía acarrear descargar el palo que llevaba sobre los políticos que ahora estaban en el callejón. Sólo pensaba en los tres niños que había dejado “malitos”en el hospital, a cargo de su cuñada, una quinceañera que nunca había tenido muchas luces. La Toñi resoplaba mientras subía la cuesta, con su papada prominente, su enorme barriga, sus amplios muslos y sus tobillos hinchados. El pelo rubio teñido mostraba no solo las raíces negras, también los tallos; pero sobre todo destacaban sus ojeras, de un azul profundo.
La Toñi no pensaba en nada – nunca había pensado en nada, esa era la verdad-, sólo sabía que no tenía un hombre que la defendiera. Ella había sido siempre buena… no se merecía esto. Sólo había tenido problemas con la policía por abrir un coche, pero qué iba a hacer, se lo había propuesto su novio… Ella que siempre había estado guapa para él… hasta que se fue. No tenía ningún hombre que la defendiera, por eso la acompañaba su abuela; codo con codo subían la cuesta, con el mismo ímpetu; cualquiera que no la conociese diría que era su hermana mayor. Junto a ambas, una muchacha menuda, morena, en pijama, llevaba varia barras de pan en una bolsa de cartón. Su situación, en primera línea, demostraba que no era la encargada de la intendencia, sino que la leva vecinal le había pillado en la panadería. Tras ellas, otras tantas mujeres mofletudas, con finas batas negras y grises, y muchachos morenos con el torso desnudo, el pelo corto peinado con cresta, teñido de rubio, y menos agallas que las tres mujeres que abrían la partida.
Cuando Alvarito entró en el callejón llevaba la cubana empapada. Se agachó posando sus manos sobre las rodillas. Alzó un brazo para llamar la atención del alcalde y del grupo que le rodeaba.
- ¡Señor, señor! – gritó Alvarito desde lejos-, pero don Ramiro no le miraba a él, miraba por encima de él. Alvarito miró hacia atrás.
-¡Dios santo! – exclamó Alvarito -, pero su voz quedó ahogada por los gritos y el ruido de las carreras que comenzaron a retumbar en el callejón… en el callejón del Agua, el mismo en el que al niño Periquín se le apareció la Virgen.
(Se acabó)

2 comentarios:

  1. jejeje por fin, terminó la historia jjj, como te decía deberé imprimirla para leerla tranquilo y no como un serial por entregas pero está chula. Por ahí se te coló 'un grupo de conejales' que tiene su gracia jjjj. Felicitaciones por el relato visionario.

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  2. Gracias. Subsanado lo de los "conejales".

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