miércoles, 14 de julio de 2010

La mujer de cristal

Era tan frágil, tan delicada, que hasta su piel transparente tenía un brillo apagado, ceniciento. Sus párpados cerrados no transmitían serenidad sino indiferencia. En la penumbra, junto a la cortina, su pelo caía lánguido sobre sus menudos hombros. Sus labios estaban anodinamente cerrados. La quietud de sus manos, entrecruzadas sobre su regazo, no anhelaban una sola caricia. Junto a ella, sobre el aparador, una copa de vino cubierta de polvo se reflejaba en el espejo.
Fue tanta la tristeza, que la hojas de la acera cambiaron de color. La calle... no sé, nunca me había dado cuenta de que fuera tan ancha.

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