domingo, 29 de mayo de 2011

Pepinazo en la línea de flotación

Lo primero que hay que hacer es lamentar la pérdida de diez vidas humanas, ni más ni menos, en Alemania, por consumir pepinos contaminados con la bacteria E.coli. Es una tragedia, y es lógico que las autoridades alemanas hayan decretado una alerta alimentaria. Lo segundo es ver dónde se ha producido la contaminación, si en origen o en destino; y actuar con contundencia en ambos casos. Mañana podríamos salir de dudas porque se estudiarán en Almería todos los análisis realizados a esta partida de pepinos enviados a Hamburgo.
Para que un alimento se contamine con E.coli tiene que entrar en contacto con excrementos, y parece raro que en las plantas de tratamiento y envasado de zonas como Almería, Málaga o Murcia se pueda producir este tipo de contaminación. Desde hace décadas se invierte en la tecnificación de los procesos. El pelado y lavado de muchos de los productos son automáticos. Las trabajadoras de estas plantas, digo trabajadoras porque en su mayoría son mujeres, se asemejan a enfermeras de quirófano, con batas verdes o azules, el pelo recogido con un gorro y guantes en las manos.
Sí la contaminación ha sido en origen, habrá que actuar con toda contundencia para dar ejemplo y que una situación así no se vuelva a producir. Si la contaminación ha sido en destino, habrá que actuar también con toda contundencia, porque el daño ya está hecho a la agricultura española. No es cuestión de patriotismo barato, pero la administración española debería buscar un buen bufete de abogados alemán y personarse en el juicio, que lo habrá -han muerto diez personas-, y pedir indemnizaciones multimillonarias; siempre será mejor, y en este caso más barato, gastarse el dinero en abogados para conseguir que la justicia señale a un culpable, que gastarse el doble en recuperar la confianza del mercado alemán mostrando análisis propios que demuestran que en Andalucía todo se hizo bien.

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